El agotamiento es un cielo plomizo en una mente que quiere lanzarse a alcanzar las estrellas y explorar el universo entero. Es tan denso que lo tapona todo: las fuerzas y las ganas. Corta las alas a pensar libre y ligero. Ralentiza el raciocinio y el movimiento. No es tormenta, es “panza de burro”, esa que no levanta, que presiona la tensión hacia abajo y el dolor de cabeza hacia arriba. Cuando se instala, nada fluye, la imaginación huye, no deja crear nada que no sea lo déjà vu. ¿Innovar agotados? ¡Pero si ni pensar claro podemos!
Miremos a nuestro alrededor, mirémonos a nosotros mismos. Como dioses que creemos ser estamos queriendo definir los nuevos límites del eustrés como quien gestiona una Smart TV: ahora cambio, ahora me engancho, ahora lo dejo, ahora sigo a veces hasta con varios canales a la vez… Y cuando nos da por buscar nos perdemos sin encontrar nada: demasiada oferta, demasiado trabajo, demasiado de uno para todos sin un todos para uno, demasiado aquí y demasiado ahora. El colapso llega porque el cerebro peta. Somos uno de cuerpo y mente y cuando ésta duele, duele aquél. Por eso creo que la verdadera pandemia no es de salud mental sino de cansancio extremo.
Me cuesta creer en el bienestar corporativo porque sólo pone apósitos, no cura, no va a las causas de la enfermedad sino a los síntomas, lo suyo no es la «gestión integrativa». La eficiencia nos mata lento (día a día) a la velocidad de lo rápido (la tecnología), pero eso no se incluye en las evaluaciones de riesgos como un factor que no es sólo psicosocial, sino también de productividad (y que, además, necesita actualizar sus medidas como los percentiles cuando los neonatos crecen).
El agotamiento es una ecuación de elementos verticales y horizontales que se entrecruzan (tecnología, procesos, jearquías, compañeros, departamentos…). ¿Hasta qué punto somos eslabones de cansancio para otros? Demasiado trabajo nos reconcentra en nosotros mismos y ya no tenemos tiempo para el entorno. El efecto acción-reacción no se hace esperar y el boomerang está servido: recoges lo que repartes como en una transacción. No hay matices ni espacio para las explicaciones. No necesitamos de lo artificial para comportarnos como máquinas.
Es viernes y estoy en esas. Llegará el lunes y seguiré en las mismas. Estoy cansada de hacer sin pensar. Buceo a demasiada profundidad y siento la presión en cada vena, en cada músculo. No es la primera vez y por eso sé dónde está la salida. Y no, no es parar para pensar sino pensar para parar. El agotamiento puede ser un tapón pero no un sumidero hacia la nada y hay que hacer con él como el té con sus posos, que se arremolinen primero para que reposen después. Leerlos es mucho más fácil así.
Agotada sí, pero no derrotada, que si algo he aprendido en mis largos años de vida es que las estrellas están ahí siempre.