Lectura recomendada
«How Much is Enough?: Money and the Good Life» de Robert y Edward Skidelsky (padre e hijo). No les va a dejar indiferente y les va a ayudar a entender mucho mejor el comportamiento humano, la economía y la tecnología.
Robert Skidelsky es un historiador económico inglés que, además de ser autor de este fantástico texto, ya hace años que viene advirtiéndonos de que quizá habría que parar el desarrollo tecnológico porque la sociedad no tiene resuelto aún problemas cruciales que pueden marcar el porvenir de la humanidad. Él, como otros pensadores, algunos de los cuales mencionaremos, están convencidos de las implicaciones que podría suponer la sustitución de factor trabajo por la robotización y la IA.
Según este pensador, los seguidores de Ned Ludd (es decir, luditas que en el siglo XIX destruían las máquinas porque les daba miedo perder el empleo) no estaban del todo equivocados. En aquella época hubo un importante desempleo. Pero «en la segunda mitad del siglo XIX, 30 ó 40 millones de europeos fueron a tierras deshabitadas del nuevo mundo». Los alemanes e ingleses migraron a Norteamérica mientras que los españoles cogieron sus bártulos y se fueron a Sudamérica.
¿A dónde van a ir ahora los desocupados? Los cambios se suceden a una velocidad tan trepidante que superan con creces la capacidad de asimilación de la sociedad.
— Robert Skidelsky
Y esta es una idea que repite con frecuencia y que le da pie para insistir en que «ralentizar la automatización sería una buena idea. ¿Qué prisa tenemos?».
A lo largo de la historia, el trabajo y su forma de organización y realización ha ido cambiando. El modelo actual es fruto todavía del creado en la revolución industrial y lo que debemos es establecer un profundo debate social sobre qué debemos hacer con el trabajo, cómo debemos hacerlo y cuándo. Igual es verdad de que hay que repensar si lo que hacemos ahora será bueno o malo para el futuro de nuestra humanidad. Si no, pasará lo que está sucediendo, que ya hay hasta empresas, como es el caso de la startup llamada Mercor, que está entrenando a los LLM (grandes modelos de lenguaje) para que hagan el trabajo que hacen los humanos. Antes esto lo hacían trabajadores poco cualificados; ahora los hacen contratistas muy preparados que cobran unos 100$/hora por entrenar a la IA para realizar trabajos a menudo sofisticados y económicamente muy valiosos que requieren de un alto conocimiento técnico. Brendan Foody, que es consejero delegado de Mercor, asegura que está construyendo una nueva «categoría de trabajo»: el entrenador de la IA.
No es oro todo lo que reluce
Lo primero es advertir sobre si todo lo que estamos viendo y viviendo con la esto de la IA no es solo una buena idea de algunos frikis de Silicon Valley y grandes inversores que están apostando sus inmensos capitales por construir una realidad que no está tan clara, porque a tenor de algunos expertos, no es oro todo lo que reluce. Como dice el dicho, «las apariencias engañan» y puede que estemos siendo presos de una burbuja que está inflando el precio las acciones de las empresas tecnológicas de una manera no real.
Gary F. Marcus, investigador del área de la psicología, reconocido científico cognitivo, autor de bestsellers, profesor emérito de la NYU y emprendedor en el campo de la inteligencia artificial, dice que «OpenAI es el WeWork de la IA» y compara la exitosa compañía de Sam Altman con la burbuja inmobiliaria más dramática de las dos últimas décadas: «La analogía es mortal: una valoración financiera que flota y gravita en el cosmos de la especulación mientras la realidad técnica toca techo».
En una línea parecida se expresaba recientemente el presidente ejecutivo de Cesce (agencia española oficial que gestiona el seguro de crédito a la exportación por cuenta del Estado y que también compite en la esfera privada ofreciendo seguros de riesgo de impagos a las empresas), Pablo Ramón-Laca, diciendo que «cinco empresas americanas habían absorbido más de un billón y están en pérdidas. Eso tiene mucha pinta de burbuja».
Datos de la consultora tecnológica LT2.AI
- De 30 a 40 B$ invertidos por las empresas en IA generativa (2024–2025).
- El 95% de las organizaciones no obtiene ningún retorno económico medible.
- Solo el 5% consigue desplegar sistemas de IA con impacto real en su cuenta de resultados.
- El problema no es la tecnología, ni los modelos, ni la regulación: es cómo se implementa la IA.
- El 80% de las empresas ha explorado o probado IA generativa.
- El 40% declara algún tipo de despliegue.
- Apenas el 5% de las soluciones GenAI específicas de negocio llega a producción.
- La mayoría queda atrapada en pilotos frágiles, aislados y sin integración.
Diversos autores críticos con la IA apuntan al sesgo algorítmico, al desplazamiento laboral, al deterioro cognitivo por la pérdida de habilidades mentales por la dependencia tecnológica, a los problemas de ética, a la falta empatía y a la ley de rendimientos decrecientes que ha caído como una guillotina sobre las aspiraciones de empresas como OpenAI. Inyectar miles de millones de dólares en esta -para algunos quimera- ya no produce una mente más brillante y artificial; solo produce una factura de la luz astronómica y un modelo ligeramente más charlatán, una especie de «loro estocástico», que diría Emily M. Bender, una de las voces más autorizadas y lúcidas en el debate sobre la IA actual que asegura que es irracional.
La IA no es un conjunto coherente de tecnologías, sino un término de marketing diseñado para crear una ilusión de inteligencia donde no la hay.
— Emily M. Bender, profesora de Lingüística en la Universidad de Washington
En su libro «La Estafa de la IA» (The AI Con), Bender habla de loros estocásticos para cuestionar y desarmar a los grandes modelos de lenguaje (LLM) y catalogarlos como meros imitadores estadísticos sin comprensión real.
Son ya muchos los que recomiendan bajar las expectativas y mirar más allá de la hiperventilación de los esfuerzos marketinianos de Silicon Valley.
Daron Acemoglu, Premio Nobel de Economía y Catedrático del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), sostiene que cada tarea automatizada genera eficacia que se traduce en beneficios, pero la cuestión es quién captura y se aprovecha de esos beneficios (que según insinúa el premio nobel, son las grandes tecnológicas OpenAI, Microsoft, Tesla, Meta, Amazon…). Su recomendación es orientar la IA hacia soluciones o herramientas que complementen a los trabajadores en vez de sustituirlos, porque -siempre según él- ahora mismo avanzamos hacia la sustitución del empleo. Algo parecido a lo que recomienda la ya mencionada e insigne Emily M. Bender, que reivindica el término ludita, no como una postura anti tecnológica, sino como un movimiento pro-trabajador que exige que la maquinaria sirva a la gente y no solo a los jefes.
En «La ola que viene», Mustafa Suleyman y Michael Bhaskar sostienen que hay que contener a la IA por difícil que sea conseguirlo, que lo será, puesto que el poder y la economía están ahora soplando en sus velas. Marcus es también directo y habla de retener la tecnología. Como reza el título de su libro, lo que hay que contener es a Silicon Valley: «Empecemos, al menos, por no dejar que tengan las manos libres».
Conclusión
Igual Robert Skidelsky tiene razón al decir que deberíamos tomarnos un tiempo y ralentizar el trepidante desarrollo tecnológico, tomar aire y repensar cómo queremos que sea el futuro del trabajo y de la humanidad, porque las consecuencias sobre nuestro trabajo pueden ser inquietantes…, además de que ¿qué prisa tenemos?