La globalización es sólo económica y nada más, y cuando nos queramos dar cuenta el divorcio global va a ser total. No sólo es que no compartamos valores sino que cada vez nos anclamos más a los nuestros y nos alejamos más de los de los demás. En Occidente lo tenemos crudo, porque cuanto más permisivos tornamos nuestros valores, más restrictivos se practican en cualquier otro sitio que no seamos nosotros. Y así es, señoras y señores, como poco a poco se cuecen las ranas.
He empezado a seguir al psiquiatra Pablo Malo en X (@pitiklinov) porque, como dice él mismo, comparte artículos y cosas que le parecen interesantes y lo son. Una de ellas es una investigación de Nature Communications, que «analiza si los valores de la gente (lo que cada sociedad considera bueno, malo, importante o tolerable) se están haciendo más parecidos (convergencia) o más diferentes (divergencia) con la globalización. Y el resultado principal es que los valores del mundo no se están acercando. Al contrario: se están separando cada vez más. Es la mayor divergencia de valores de los últimos 40 años».
Las causas, según el estudio, hay que buscarlas en la geografía y en la religión básicamente (o las creencias que la sustituyen), y ambos parámetros están configurando la verdadera radiografía de la globalización: dos mundos separados, a cuál más raro y radical. Unos, por sobreadundancia de valores (y no precisamente para copiar) y otros por haberlos hecho entrar en barrena (y sí precisamente para hacérselo mirar), la cuestión es que la culpa de la polarización es de la globalización, porque unos y otros vemos en el otro el opuesto del que alejarnos y al que repudiar.
Así es como cada extremo educa, trabaja, se relaciona, legisla, juzga, informa y, en fin, vive esta vida loca, de extremos que lejos de reconciliarse se enconan y de espejismos que acabarán en llanto si el sentido común no retorna. La resiliencia sin él es una vana ilusión, una sombra, una ficción, y lamentablemente la vida no es sueño y sólo los sueños sueños son.