Todos somos carne de cañón para la IA, pero algunos más que otros. Y no es una lotería, es un cálculo cuya precisión todavía se dirime entre el atolondramiento apresurado y la aceleración medida. Las organizaciones están mayoritariamente instaladas en el primero, ubicando el foco de los reemplazos en los oficios y roles más fácilmente automatizables. Pero si escalaran a la segunda posición verían que hay otra suerte de sustitución más allá de la de la persona-máquina: la de la persona-persona en los puestos de poder. Los managers, líderes o jefes sin la inteligencia emocional que no puede tener la artificial pueden tener los días contados.
Según escribe Daniel Goleman para Korn Ferry, estamos pasando por alto el verdadero impacto disruptivo de la IA: el núcleo de la reflexión no debería estar en si las máquinas reemplazarán a los empleados, sino en cómo esta tecnología está exponiendo las fortalezas y, sobre todo, las debilidades del liderazgo. Sin darnos cuenta de ello, la IA está redefiniendo lo que significa ser un buen líder en la era moderna.
¿Efecto colateral u objetivo soterrado?
El creador del término «inteligencia emocional» explica que, tras la «emoción» inicial por explotar por la vía rápida las promesas de eficiencia de la IA, la automatización de tareas tiene una segunda lectura que no conduce linealmente a la pérdida de empleos y que tiene que ver más con la capacidad organizacional para rediseñarse en este nuevo escenario. El factor determinante en ello es la «calidad de la guía humana» y frente a la pericia técnica y profesional sobre la que se ha basado tradicionalmente el organigrama corporativo, las capacidades directivas de dirección de equipos adquieren una visibilidad «al desnudo».
Durante décadas, muchos líderes triunfaron gracias a sus conocimientos expertos y a su capacidad de ejecución, pero en un mundo donde la IA puede generar datos y proponer soluciones en nanosegundos, el recorrido de modelo llega a su fin. La tecnología ahora se encarga de la «ejecución», dejando al descubierto las debilidades de aquellos líderes que carecen de inteligencia emocional. La IA expone a quienes no pueden inspirar, gestionar conflictos o mostrar empatía, habilidades que la tecnología no puede replicar.
La IA amplifica la cultura corporativa
La inteligencia artificial no solo cambia las tareas, sino que también acelera las dinámicas emocionales que ya existen en un equipo. Recordemos que el principal atributo de cualquier tecnología es que es habilitadora, facilitadora, que hace fluir el trabajo, y la IA es eso, tecnología. Su capacidad para cambiar dinámicas internas no excede de la de unos procesos bien definidos, unas responsabilidades claramente asignadas y un liderazgo potenciador de las capacidades de los equipos. Acelerará su uso e incrementará la productividad si la cultura corporativa está preparada para ello; si, por el contrario, los empleados se sienten ansiosos, desconectados o mal dirigidos, la IA acelerará la espiral descendente. nada que no hayamos visto en integraciones tecnológicas pasadas con lecciones de éxito y fracaso incluidas.
Lo verdaderamenteo complejo es preparar al liderazgo para asumir el cambio, dirigirlo e inspirarlo. Y no sólo con nuevas competencias (de trabajo y toma de decisiones con IA) sino con viejas competencias (las relacionales de toda la vida). Goleman destaca, además, una cuestión en absoluto balkadí: la estabilidad emocional de los jefes. Y es que están sometidos a una presión sin igual que hay que ayudarles a transitar para evitar que contribuya a desestestabilizar al equipo. Parafraseando al propio experto, ellos tampoco «se resisten a la tecnología; se resisten a los sentimientos que acompañan al cambio».
La IA puede hacer desaparecer las habilidades «humanas» pero no debemos dejar que lo haga
En realidad, la IA no puede nada per sé y lo puede todo si decidimos que así sea. Podemos decidir delegarle las tareas de ejecución; podemos entregarle procesos enteros y hacer de ella nuestro dashboard de toma de decisiones, pero no podemos caer en la tentación de olvidar que al mando estamos nosotros. La curva de la eficiencia nos puede hacer olvidar rápidamente el valor de nuestra inteligencia emocional, la que permite conectarnos con los demás y que, por eso mismo, es nuestro valor diferencial. Las habilidades que la IA no puede replicar —como la influencia, la inspiración, el equilibrio emocional, la empatía, el coaching y la resolución de conflictos— son ahora las más cruciales para ganar la confianza y el compromiso de un equipo. ejemplos de ello son el líder coach y el líder influyente:
- El líder coach con esta habilidad no se limita a supervisar, sino que ayuda a su equipo a adaptarse a la IA, entendiendo el contexto de cada persona y cómo sus circunstancias influyen en su experiencia, una tarea que sigue siendo exclusivamente humana.
- El líder influyente consigue inspirar cuando se conduce desde la empatía y la ética, y sólo así logra labrarse la confianza necesaria para alinear el uso de la IA con un propósito compartido.
El rol del líder está cambiando fundamentalmente. Ya no se trata de ser la persona que tiene todas las respuestas, sino de ser quien crea las condiciones para que las personas se adapten y prosperen.
Conclusión
Visto lo anterior, es necesario ampliar la visión estratégica de la inteligencia artificial. No es sólo una herramienta tecnológica más, sino también una lente de aumento de las competencias directivas. Ya lo es de las competencias técnicas pero quedarse en ellas reduce el foco de su valor e impacto. Sin ser su objetivo primario, refleja y amplifica la calidad del liderazgo humano en una organización. A medida que la IA se integre cada vez más en nuestro trabajo, la pregunta clave dejará de pilotar sobre qué puestos reemplazará un robot y pasará a sobrevolar sobre los líderes: ¿Tienen la inteligencia emocional necesaria para guiarnos en el proceso?