Este dilema no trata únicamente de hablar o callar, sino de qué tipo de persona se es cuando nadie obliga, cuando la pregunta no es “qué debo hacer según el procedimiento”, sino “qué versión de mí estoy dispuesto a sostener”. La Navidad, con su retórica de valores, comunidad y reconciliación, no suaviza el conflicto, lo intensifica. Hace más visible la disonancia entre el discurso y la práctica, entre la amistad y la justicia, entre la armonía superficial y la coherencia interna.
Desde la filosofía moral, este dilema se sitúa en un terreno clásico: el choque entre lealtades particulares y responsabilidades universales, entre la ética de la cercanía y la ética de los principios. Y desde la psicología organizacional introduce una tensión bien conocida, el coste silencioso de callar frente al riesgo explícito de hablar.
Profundiza conmigo en cada una de las opciones: ¿Con qué posición o mezcla de ellas te proyectas más? ¿qué decidirías?
Opción A: La lealtad crítica. Hablar primero con Álvaro
Esta opción se sitúa en una tradición ética relacional donde la amistad no se entiende como protección acrítica, sino como responsabilidad mutua. Aristóteles, en la «Ética a Nicómaco», distingue la amistad auténtica de la amistad utilitaria o complaciente: la “philia virtuosa” implica desear el bien del otro, incluso cuando ese bien exige incomodidad.
Callar para no molestar no es amistad; es evitar el conflicto y desde esta perspectiva, hablar con Álvaro es una forma elevada de lealtad.
David Hume aporta aquí una clave psicológica esencial: la moral nace de la empatía, no de la simpatía, porque busca el equilibrio entre afectos; cuando la simpatía se convierte en ceguera deja de ser virtud. Hablar con Álvaro preserva el vínculo afectivo sin traicionar el sentido de “lo justo”, que también forma parte de la naturaleza moral humana. Esta conversación reconoce a Álvaro como alguien capaz de escuchar, reflexionar y rectificar, poniendo el foco en el respeto en las relaciones laborales, tratándolo como adulto sin infantilizarlo.
El beneficio de esta opción es ético y relacional, ya que mantienes la coherencia interna y das a la amistad una oportunidad de madurar. También reduces el riesgo de convertirte en cómplice pasivo, que Álvaro pueda sentirse traicionado y que se niegue a escuchar o que reinterprete la conversación como una amenaza. Psicológicamente esta opción exige tolerancia a la incomodidad y a la posibilidad de perder una relación significativa.
Desde la perspectiva de la empresa el riesgo es que el problema no se corrija y que acabes teniendo que hablar igualmente más adelante, pero con menos credibilidad por haber retrasado la comunicación.
Opción B: Callar y proteger la amistad. La ética del silencio ¿cómodo?
Esta opción es comprensible, pero filosóficamente frágil. Ortega y Gasset nos advierte del peligro de vivir desde la inercia del entorno.
Callar aquí es dejar que la circunstancia, la amistad, la presión implícita, decida por ti. No es una elección plenamente libre, sino una renuncia a ejercer el propio criterio. Callar no es neutral, contribuye a que una dinámica se normalice. No hacer nada es ya hacer algo.
Nietzsche sería especialmente crítico con esta opción. La vería como una forma de moral del rebaño, es decir, preservar la paz aparente y colectiva a costa de la fidelidad a uno mismo. El precio es el resentimiento interior, que acaba volviéndose contra uno mismo por no estar a la altura de tus propios valores.
El beneficio inmediato de esta alternativa es evitar conflicto, conservar la amistad y reducir la ansiedad a corto plazo. En contextos organizacionales y emocionalmente saturados esto resulta tentador. Sin embargo, el coste psicológico es alto, ya que fuerza la aparición de la disonancia, el malestar silencioso y la sensación de traicionarse. Por otro lado, existe el riesgo organizativo de que el patrón se consolide, afecte a otros y termine explotando de forma menos controlada con mayor daño para todos.
Desde RRHH, esta opción es la que más erosiona la cultura ética porque refuerza la idea de que los valores se proclaman, pero no se practican.
Opción C: Decir la verdad al responsable. La primacía de la responsabilidad.
Esta opción se inscribe en una ética del deber hacia el colectivo ya que actuar con responsabilidad implica asumir las consecuencias de decir la verdad en el espacio público. Hans Jonas aporta una clave decisiva con su principio de responsabilidad: “cuando nuestras acciones (u omisiones) tienen efectos sobre otros estamos obligados a anticipar sus consecuencias”. Callar hoy puede generar daños mayores mañana, tanto en las personas como en la organización. Kant, aunque más rígido, también respalda esta opción desde la idea de no usar a otros solo como medios, pues callar para proteger una amistad instrumentaliza al resto del equipo.
El beneficio principal de esta opción es la coherencia, porque alineas tus actos con tus principios y contribuyes a la salud ética de la organización. Sin embargo, el riesgo evidente es relacional, ya que puedes perder la amistad y quedar marcado como alguien incómodo.
Desde la empresa, esta opción fortalece la cultura de responsabilidad, pero requiere madurez directiva para no convertir al mensajero en chivo expiatorio y evitar desde arriba una mala gestión de la información que genere efectos desproporcionados.
Consideraciones finales
Este dilema no tiene una solución indolora, cada opción implica una pérdida. La pregunta filosófica no es cuál evita el conflicto sino cuál te permite seguir reconociéndote. La voz diversa de la filosofía te alumbra: Ortega diría que aquí está en juego tu proyecto vital; Arendt, tu capacidad de juicio; Nietzsche, tu honestidad contigo mismo; Jonas, tu responsabilidad hacia el futuro; Hume, el equilibrio entre afecto y justicia.
Quizá la ética no consista en elegir la opción perfecta, sino en asumir conscientemente el coste de la opción elegida y no eludir el dilema.
Apelando a una ética de la lealtad responsable, la decisión más sólida, ética y psicológicamente sostenible en este dilema no es elegir una sola opción, sino articular una secuencia consciente que combine la opción A y la C. Esto es, hablar primero con Álvaro y, si no hay un cambio claro, responder con honestidad al responsable. Esta recomendación no busca minimizar el conflicto, sino ordenarlo moralmente. Desde una ética profunda, la amistad verdadera no consiste en proteger al otro de la verdad, sino en no abandonarlo en la autoceguera. La amistad virtuosa implica desear el bien del amigo en cuanto persona, no en cuanto aliado conveniente. Si percibes un patrón que daña al equipo y a él mismo, callar no es lealtad, es comodidad. Psicológicamente esta solución híbrida también cumple una función esencial para ti, porque te permite no traicionarte, reduce el resentimiento silencioso y evita que el conflicto escale directamente al poder jerárquico.
Desde la empresa, es una vía madura que da espacio a la autorregulación antes de la intervención formal. Si tras esa conversación no hay cambio o si la conducta se intensifica, entonces callar deja de ser prudente y pasa a ser complicidad. La filosofía nos indica que tu responsabilidad (la de cada uno de nosotros) ya no es solo hacia Álvaro, sino hacia el equipo, hacia las consecuencias futuras de normalizar estas prácticas, pero sobre todo hacia ti mismo.