Por Maite Sáenz, directora de ORH.- “Lo que más me falla son las formaciones presenciales, no consigo que remonten en interés después de la pandemia y sobre todo para los empleados más jóvenes”. Apuesto a que os suena y resuena. En general, todo lo que huela a desplazarse cuesta como si de madrugar (o trasnochar, según seamos alondras o búhos) se tratara. Da pereza cambiar el chándal por algo presentable; da pereza las aglomeraciones del metro, las esperas de buses, los atascos de ida y vuelta; da pereza el tupper y cocinarlo el día anterior repitiendo batch cooking; en el fondo, da pereza todo, sobre todo ver a los jefes; y a los compañeros también. Hemos perdido el por qué social de la presencialidad y recuperarlo parece ser sólo una responsabilidad empresarial.
Sinceramente, creo que no hay vuelta atrás salvo que algo nos obligue a recular, y no creo que sea un modelo de ecuación semanal. Si llega a suceder será porque no nos quede más remedio. El anclaje a la comodidad es tan antiguo como la búsqueda de la seguridad, con el peligro que ha tenido siempre confundir ambas.
Pensemos en la formación. La excusa es que no nos aporta nada ir a ningún sitio para aprender, y ciertamente hay formaciones que son como un tiro en el pie y una dormidera en el cerebro. Pero no todas ni tantas. Lo único indispensable para que el aprendizaje se active es que la mente esté presente y si esa misma mente es coherente puede ser que nos lleve a reconocer cuándo hemos de estar también de cuerpo presente. Pero ahí está el problema, que sin actitud de crecimiento da igual el cómo ni el dónde. Una buena amiga me decía que no sólo es que a sus alumnos de empresa el aula les provoque alergia, es que el único libro abierto que tienen es el de sus preferencias. “A veces les digo que les vendría bien leer tal o cual referencia o les pongo como ‘deberes’ reflexionar sobre un tema concreto, y nada, tabla rasa. Me quedo yo sola pensando conmigo misma”. Formaciones corporativas convertidas en patios de colegio con poca disciplina, interés y esfuerzo. Comodidad disfrazada de aversión al cambio.
El aprendizaje es una actitud de tres voluntades: la intención, la atención y la acción. Podemos gamificarla, guionizarla, “pildorizarla”, pero si sólo queremos aprender a nuestro modo y manera entonces que se vea qué tiempo le dedicamos a definir nuestros espacios personales de aprendizaje, qué queremos aprender, de quién y en cuánto tiempo. Quizá sea ésta una vía a explorar para que el panorama cambie porque, si de empoderar al empleado se trata, pues que lo haga también como parte de su desempeño, que trace su plan y se comprometa.