“Todo el mundo quiere salvar el mundo, pero nadie quiere ayudar a su madre a lavar los platos”. Dicen que el periodista que dijo esta famosa frase, Patrick Jake O’Rourke, era un azote para los políticos norteamericanos de izquierda; no lo sé ni me importa: dio en la diana literal y metafóricamente hablando. Lo importante en toda revolución es que muchos laven platos y mi cocina no es la república independiente de la matriarca de la casa.
La épica humana está plagada de hipocresía por exceso de comodidad. Aspiramos a transformar lo grande mientras evitamos ocuparnos de lo pequeño, inmediato y poco heroico que también importa. Aunque sería nuestra gota en el vaso, nunca creemos que puede contribuir a colmarlo; demasiado insignificante para el esfuerzo que requiere.
El mundo del trabajo está en un momento épico discursivamente hablando y dejado de la mano de Dios en las distancias que construyen su futuro, las cortas. Todos exigimos trabajar en buenas empresas (de bondadosas): buenas culturas, buenos jefes, buenas condiciones, buenas relaciones entre compañeros, más confianza, más flexibilidad, más reconocimiento, más propósito, más bienestar… Queremos organizaciones en las que merezca la pena trabajar, que sean dignas de nuestra excelsa contribución.
Y ya. Ahí se para nuestra ídem. ¿Qué hacemos nosotros para construirlas? Y cuando digo nosotros digo todos, desde dentro y desde fuera, desde arriba y desde abajo: alta dirección, mánagers, trabajadores, sindicatos… Deliberadamente excluyo a la administración porque en esto de lavar platos se moja lo justo: no se quita los guantes ni para poner el lavavajillas.
Septiembre es el mes de las buenas intenciones y bien podría serlo también de las pequeñas revoluciones. La reciprocidad sería un buen comienzo, porque las relaciones laborales son eso, un intercambio de valor basado en el equilibrio. Todos han de lavar platos y que se vea que los lavamos. Además, hacerlo nos enseña a rebajar expectativas y a iterar: ensuciar → lavar → volver a ensuciar → volver a lavar. Y todo para que podamos comer en una vajilla limpia todos los días.
El problema no es tanto que el mundo del trabajo sea hipócrita como que es mucho más fácil declarar principios que soportar las consecuencias de aplicarlos. Y ahí están los platos; no basta con que las organizaciones cambien, también hemos de cambiar nuestra manera de habitarlas.
Las madres sabemos mucho de reciprocidades y de gotas que colman vasos, por eso somos pesadas, inoportunas y plastas. ¡Los platos sucios sí que son una lata! Voy ahora mismo a recordar que son propiedad de todos en la república interdependiente de mi casa.


