Toca revisión salarial. La compañía va bien, de hecho, es de las que salen ganadoras en el marco de tensión geopolítica actual. Los trabajadores reciben un mensaje en el móvil: ¡Buenas noticias, tu nómina ha sido ingresada! Inciso: Con eso de que las app de los bancos anuncian igual un ingreso que un recibo, a la situación le restan alegría; todo es “¡yuhu!” incluso cuando lo ahorrado mengua. Pero en esta ocasión hay expectación de sobra, toca ver si el calorcito del employer branding interno se nota. Pues no. Todos se han quedado helados con la cifra “premiada”. ¿Qué pasó con la evaluación del desempeño? ¡Maldita curva de Gauss!
La marejada de fondo en el tema retributivo da para una migraña digna de urgencias:
- Por un lado, nos rompemos la cabeza para ver cómo demonios atraemos -y contratamos, que son cosas distintas y fácilmente desenganchables entre sí- a los perfiles que no tenemos, que son escasos y que necesitamos para que los proyectos contratados progresen adecuadamente. ¿Con estos sueldos? Pues va a ser que no. Ok, entonces, para convencerles les damos mejor sueldo que a los que ya están. Problema: un KO directo a la equidad interna. Pero la cosa no acaba aquí, porque no todo se consigue a golpe de incrementos. Hay quien prefiere vivir calentito y discreto y no quiere más que esperar a la jubilación sin complicaciones. Ni proyectos retadores, ni zanahorias retributivas. La comodidad instalada tiene difícil arreglo, salvo que se tomen decisiones que cambien drásticamente el storytelling corporativo con el talento interno.
- Por otro lado, abrimos otra brecha en nuestro maltrecho cerebro para intentar enganchar al talento internacional. Peor aún. Nuestra falta de competitividad ante los salarios europeos o de otras economías similares no la salva ni aunque tuviéramos días de sol y playa a lo nórdico, noches incluidas. Me decía un colaborador que en un proyecto internacional con varias empresas en UTE, cuando se reunieron para analizar costes y vieron el perfil retributivo del equipo español, la sorpresa saltó al ring: “¿Habéis puesto sólo a juniors?”. “No, todos son seniors y estos de aquí jefes de equipo. Lo que pasa es que son sueldos españoles”. Vete tu así a ofertar puestos a los alemanes, a los daneses, a los noruegos… Y si lo haces, de nuevo quiebras el principio de “a igual puesto, igual salario”, que la transparencia es europea y va a haber que justificarla siempre, para todos y para todos los componentes salariales.
Mientras tanto, nuestros protagonistas con nómina recién recibida -y seguramente medio gastada-, esperan con colmillo afilado el anuncio de la retribución del presidente y su séquito. Saben que no les defraudará y que les dará una nueva muestra de que la persona no está en el centro de la empresa; bueno, sí, la suya.
A la trasposición de la Directiva Europea de transparencia retribuitiva le queda cada vez menos. Seis meses y será una realidad que aflorará las estrecheces, rigideces, debilidades, incoherencias y despropósitos de nuestro mercado laboral, nuestro liderago empresarial, nuestra cultura de trabajo y nuestra desgarvada y surrealista panoplia de normativa laboral. Cuando se dé a conocer el texto de la trasposición nos haremos una idea más clara del hasta dónde podrá llegar el estropicio.