Dos siglos más tarde, la novela no ha perdido ni un ápice de su vigencia, al contrario; en plena era de la inteligencia artificial, su metáfora central resulta más pertinente que nunca. No se trata de ciencia ficción gótica sobre monstruos y laboratorios, sino de una pregunta filosófica que sigue sin respuesta definitiva: ¿Qué ocurre cuando un creador no se hace cargo de lo que crea?
Ideas clave
- La criatura nunca recibe un nombre. No es un descuido narrativo: Víctor Frankenstein no llega a reconocer lo que ha traído al mundo. Definir el propósito, los valores y los límites de un sistema de IA es el primer acto de responsabilidad de quien lo crea, no un trámite posterior al despliegue.
- Aprender sin supervisión no equivale a aprender solo. La criatura se forma leyendo a Plutarco, Milton y Goethe sin que nadie le explique qué hacer con lo aprendido. Los modelos de lenguaje absorben patrones, estructuras de razonamiento y sesgos a escala masiva: el alineamiento es el problema central del campo, no un añadido ético.
- El rechazo, no la creación, desencadena la tragedia. La criatura se vuelve destructiva cuando la abandonan. Las herramientas de IA que entran en la organización sin formación, sin acompañamiento y sin cambio de comportamiento terminan infrautilizadas o usadas de formas que nadie había previsto en su diseño.
- La pregunta previa al lanzamiento sigue sin responderse. Qué se suelta al mundo y con qué consecuencias no es una cuestión técnica, sino una decisión sobre lo que se está dispuesto a asumir. Los modelos avanzan más deprisa que los marcos regulatorios, que las estructuras organizativas y que la reflexión ética de quienes los construyen.
En 1818, Mary Shelley publicó Frankenstein o el moderno Prometeo (robó el fuego de los dioses y lo entregó a los humanos, pagando un castigo eterno). Es el símbolo del creador que desafía los límites divinos para dar vida o poder a su creación. “Prometeo moderno” se usa hoy para referirse a cualquier científico, innovador o creador que, movido por ambición o idealismo, desarrolla algo que escapa a su control con consecuencias destructivas: la IA, la bomba atómica y la ingeniería genética son ejemplos muy utilizados en este debate en ese debate.
Las similitudes entre la criatura de Frankenstein y la IA generativa actual son tan numerosas como reveladoras, y explorarlas, lejos de ser un ejercicio literario, es una herramienta de pensamiento útil para cualquier persona que esté diseñando, desplegando o adoptando tecnología de IA hoy.
1. La criatura sin nombre: el problema de la identidad
Uno de los detalles más significativos de la novela es que el ser creado por Víctor Frankenstein nunca recibe un nombre propio. Es “la criatura”, “el monstruo”, “el demonio”. Esta ausencia de identidad no es un descuido narrativo, refleja la incapacidad del creador de reconocer plenamente aquello que ha traído al mundo.
La IA generativa vive una paradoja similar. Los sistemas actuales no tienen identidad estable ni propósito propio, son lo que sus creadores —y sus usuarios— deciden que sean. Cuando no existe una definición clara del propósito, los valores y los límites de un sistema de IA, el vacío lo llena el contexto, el uso no previsto o directamente el abuso. Nombrar algo —darle un marco, un propósito, una identidad— es el primer acto de responsabilidad del creador.
2. Autoaprendizaje sin guía: la IA que crece sola
La criatura de Shelley aprende de forma autodidacta. Observa en silencio a una familia durante meses y lee obras de Plutarco, Milton y Goethe. Nadie le enseña valores, nadie le explica las normas sociales, nadie le dice qué hacer con la enorme capacidad que ha desarrollado. El resultado es un ser extraordinariamente inteligente, profundamente solo y cargado de una energía sin cauce. La IA generativa vive una paradoja similar. Los sistemas actuales no tienen identidad estable ni propósito propio, son lo que sus creadores —y sus usuarios— deciden que sean. Nombrar algo—darle un marco, un propósito, una identidad— es el primer acto de responsabilidad del creador.
Los modelos de lenguaje actuales se entrenan sobre cantidades ingentes de texto humano. Aprenden patrones lingüísticos, estructuras de razonamiento y sesgos culturales de manera masiva y, en gran medida, sin una supervisión granular de qué valores están absorbiendo. El alineamiento —la capacidad de que la IA actúe conforme a los valores que queremos— es precisamente el problema técnico y ético más urgente del campo. La criatura de Frankenstein lo ilustra con siglos de antelación.
3. El rechazo y sus consecuencias: cuando la tecnología no encuentra su lugar
La tragedia de la novela no arranca con la creación sino con el rechazo. Víctor huye horrorizado de su propia obra en el momento en que ésta cobra vida. La sociedad rechaza a la criatura por su apariencia. El abandono es total, y es entonces —no antes— cuando el monstruo se vuelve agresivo y destructivo.
Las herramientas de IA que se lanzan sin acompañamiento, sin formación, sin contexto organizacional adecuado, sin el cambio cultural necesario, encuentran un destino parecido. Los usuarios no saben qué hacer con ellas, las organizaciones no adaptan sus procesos, y la tecnología queda infrautilizada o, peor, usada de formas que nadie había previsto ni en su diseño.
Ello nos lleva a otra puntualización o reflexión: lo importante que es -creo que lo más importante- incorporar una metodología de gestión del cambio que ayude a las personas a cambiar sus comportamientos porque, como acostumbro a decir, “nada cambia -en una empresa- si no cambia el comportamiento de las personas”.
4. La pregunta del creador: responsabilidad antes que lanzamiento
En su número del 5 de julio, Actualidad Económica recomendaba esta novela como lectura veraniega para directivos y literalmente decía: “200 años después, Frankenstein sigue siendo una metáfora potentísima para la era de la IA”. No habla solo del monstruo, habla, sobre todo, de un creador que no se hace cargo de lo que crea. Es una lectura muy útil para quien está incorporando IA, lanzando un producto nuevo o impulsando innovación sin hacerse una pregunta previa: ¿Qué estoy soltando al mundo y qué consecuencias puede tener?
Esta es la pregunta central que Mary Shelley formuló ya hace más dos siglos, y es exactamente la pregunta que el sector tecnológico tiene pendiente de responder con honestidad. No se trata de frenar la innovación, se trata de ejercerla con responsabilidad. Víctor Frankenstein era brillante, apasionado y visionario, pero también era incapaz de detenerse a preguntarse qué significaba lo que estaba haciendo.
Hoy, la velocidad del desarrollo en IA es extraordinaria. Los modelos avanzan más rápido que los marcos regulatorios, más rápido que las estructuras organizativas y, en muchos casos, más rápido que la reflexión ética de quienes los crean.
Conclusión: leer a Shelley antes de pulsar “Deploy”
Frankenstein no es un relato de terror, es un tratado sobre la responsabilidad del conocimiento. Shelley lo escribió cuando la revolución industrial transformaba el mundo a una velocidad sin precedentes, cuando la ciencia empezaba a rozar territorios que hasta entonces habían pertenecido a lo divino. El paralelismo con el momento actual es total y difícil de ignorar.
Incorporar IA en una organización, lanzar un producto basado en modelos generativos o impulsar la automatización de procesos no son decisiones puramente técnicas, son decisiones sobre qué tipo de consecuencias estamos dispuestos a asumir. Hacerse cargo de la criatura —darle nombre, forma, propósito, límites…— no es un freno a la innovación sino la condición para que la innovación sea sostenible. Necesitamos un marco ético y de valores que haga que la tecnología sea una oportunidad en vez de una amenaza, y en ello están trabajando y vienen advirtiéndonos insignes como Geoffrey Hilton (considerado el padrino de la IA) o llya Sutskever, que han vivido la IA desde sus entrañas y dedican ahora su vida a intentar proteger a la humanidad de ella o, por lo menos, a intentar que el asunto no se nos vaya de las manos.
Recuérdese que Hilton renunció a su puesto en Google en mayo de 2023 porque, según decía, necesitaba tener legitimidad para alertar sobre lo que se estaba creando si tener ataduras contractuales, porque llegó a pensar que estas “cosas” serían más inteligentes que nosotros mismos. En el mismo sentido, más lejos fue el que, por aquella época era director comercial en la misma compañía, Mo Gawdat, quien nos advirtió de que “la posible destrucción del mundo por la IA era solo cuestión de meses”. En la misma dirección se ha posicionado filosofo israelí y afamado autor de Best-Seller, Yubal Noah Harari, diciéndonos que se están creando “humanos de mentira” que harán que la confianza en lo humano colapse.
Es decir, sí o sí, estamos obligados a alinear el modelo de comportamiento de la IA con los intereses de la sociedad. Víctor Frankenstein tuvo la oportunidad de hacerlo y eligió no hacerlo. Nosotros todavía estamos a tiempo y podemos reescribir una novela de la IA con un final más humano y social.