el conflicto planteado no se focaliza entre lo más o menos correcto, sino en la coherencia interna, el de una carrera que objetivamente funciona y una vida que empieza a reclamar otra forma de habitarla para evitar apagarse. En términos filosóficos, lo que está en juego no es la utilidad de la decisión, sino su integridad con la propia identidad. Es una elección que configura la narrativa que hacemos de nosotros mismos. ¿Quién estás siendo al permanecer? ¿Quién serías al marcharte?
Desde la psicología organizacional el dilema nos muestra que cuando la congruencia entre valores personales y cultura corporativa se deteriora, el compromiso puede sostenerse durante un tiempo, pero a costa de energía emocional y pérdida de sentido. Y el coste se paga en forma de cinismo, irritabilidad o sensación de estancamiento y desidia.
El dilema, entonces, no es simplemente laboral, es existencial (aunque suene tremendista). Permanecer, continuar o cambiar implica responder a una pregunta más profunda: ¿qué tipo de relación quieres tener contigo mismo y tu propio tiempo?
No es una elección sencilla ¿Cuál sería tu opción?
Opción A: Quedarte y seguir en la comodidad que te ofrece el statu quo
La decisión deliberada de quedarte no tiene por qué definirse como cobardía, porque implica reconocer el valor de lo que has construido: capital relacional, influencia informal, credibilidad, reputación, profesionalidad. Eres parte del tejido invisible que sostiene la organización. Desde un enfoque de RR.HH, ese capital social es valioso y difícil de replicar en otro entorno.
Aristóteles nos diría que esta decisión se rige por la “prudencia práctica”, no toda incomodidad exige ruptura, existe la posibilidad del cambio interno, quizá la permanencia sea una forma de responsabilidad. Aristóteles defendía que la virtud no es radicalidad, sino equilibrio entre extremos. Tal vez irte sea precipitado; tal vez quedarte sea la forma madura de aceptar la imperfección.
Sin embargo, esta opción tiene una trampa muy sutil: normalizar algo que puede ser dañino. Hannah Arendt advertía que el mayor riesgo moral no es el conflicto abierto, sino la adaptación acrítica a lo que ya no consideramos justo, pero toleramos para seguir funcionando. Si permaneces demasiado tiempo en un sistema cuyos criterios no compartes, puedes terminar justificando lo que antes cuestionabas y terminar siendo tú también injusto.
En psicología del trabajo esto se traduce en disonancia cognitiva sostenida. Cuando el comportamiento (quedarte) no encaja con tu sentido de coherencia, tu mente busca aliviar la tensión, y o bien cambias de entorno (tu solo no cambias un sistema), o cambias tu interpretación del actual o tu nivel de exigencia con el mismo.
Quedarte es defendible solo si no implica anestesiarte.
Opción B: Irte a otra empresa con un puesto similar
Esta es la opción que el mercado entiende mejor. Cambias de empresa, no de identidad profesional. Es un movimiento lateral con apariencia de progreso. Desde fuera, es coherente: movilidad, crecimiento, ambición saludable.
Desde la perspectiva de carrera profesional es la opción más estratégica, ya que aprovechas tu buen momento reputacional, evitas quemarte y reinicias tu posicionamiento en un nuevo contexto. Los estudios en gestión del talento muestran que cambiar de organización puede acelerar aprendizaje y remuneración. Es, en términos de RR.HH, una decisión muy racional.
Sin embargo, filosóficamente la pregunta es otra: ¿Qué estás cambiando realmente? Si el malestar es funcional y no solo cultural, existe el riesgo de reproducir el mismo patrón en otro lugar.
Irte sin revisar qué papel juegas tú en lo que te incomoda puede hacerte repetir dinámicas, convirtiéndose en una huida hacia delante, no dramática, no impulsiva, pero sí evasiva. Un desplazamiento profesional que no implica un cambio de enfoque interno.
Psicológicamente hablando esta opción tiene la ventaja de que devuelve sensación de control sin necesidad de ruptura radical, pero habrá que asumir que el cambio será sólo cosmético. Es una decisión defendible y saludable si se realiza con cierta introspección previa.
Opción C: Irte sin más, sin red, para pensar
Esta es la opción incómoda y arriesgada no solo para tomar la decisión, sino también para el entorno al que afecta. En una sociedad que valora la continuidad productiva, detenerse es algo inusual y levanta recelos. Marcharte sin oferta firmada desafía la narrativa del progreso lineal.
Sin embargo, desde la filosofía existencial esta opción tiene una potencia singular. Kierkegaard sostenía que hay decisiones que solo pueden tomarse desde tu interior, no desde el cálculo externo racional. Irte sin red puede ser un acto de autenticidad radical, no esperas a que el entorno te empuje, eliges irte antes de romperte.
Desde la psicología esta opción puede ser preventiva. El burnout no suele aparecer de golpe, es un proceso lento muy erosionante. Salir antes de que la fatiga fracture tu identidad profesional es una forma de autocuidado.
El autocuidado no es egoísmo, es pura supervivencia personal. En términos de desarrollo, este paréntesis puede ser fértil, no por productivo en el sentido tradicional, pero sí clarificador ante el futuro y la toma de decisiones. Permite redefinir prioridades, explorar otras formas de aportar valor, cuestionar la inercia.
El riesgo es real: incertidumbre económica, juicio externo, pérdida temporal de estatus… Pero también es real la posibilidad de reorientar la trayectoria desde un lugar más consciente. Además, irte así no garantiza éxito, solo espacio para ver con perspectiva y tomar cualquier decisión verdaderamente libre. Esta decisión es difícil por el impacto que conlleva, necesita de coraje y será más sencilla si se cuenta con una red familiar, personal y profesional adecuada.
Deliberaciones finales
Verdaderamente se trata de una decisión íntima y personal en la que no hay una decisión correcta: permanecer puede ser prudencia o resignación, cambiar de empresa puede ser estrategia o evasión. Irte sin red puede ser huida o autenticidad. La clave no está en el movimiento externo, sino en la claridad interna que te proporcione para tomar de nuevo las riendas.
En última instancia, el objetivo no es maximizar la carrera profesional, sino preserva tu integridad profesional para poder seguir construyendo una carrera longeva y con sentido. No se trata de tomar decisiones solo por pragmatismo o eficiencia, sino para reconocerte profesionalmente y a partir de ahí construir una carrera sostenible, plena y que te ofrezca paz a través de la coherencia. Y eso bien puede exigir coraje para quedarte, o bien, coraje para irte.