Desde que he visto “El día de la revelación” no paro de tenerlas. Leo la mente del que se me ponga por delante. Pero tranquilos, no voy a hacer spoiler. Solo diré que hay un momento en la película en que la protagonista, después de saber lo que sabe, mira a su alrededor y ya no puede dejar de ver lo que siempre estuvo ahí. Algo así como una “vieja al visillo” pero en el cuerpo de Emily Blunt.
¿Qué está siempre ahí, a finales de junio y con 38 grados de media? El anhelo de unas buenas vacaciones. Por mucho que el trabajo nos dignifique, las vacaciones nos santifican, diría incluso que nos absuelven y nos redimen. No hay ser humano sobre la faz de lo que me rodea que no emane señales de un propósito, esta vez sí, compartido. Son unas señales tan potentes que deben llegar muy nítidas hasta el espacio exterior y por eso el verano es temporada alta de avistamientos. Yo creo que no es por casualidad sino porque la gente mira hacia arriba y ve que el universo es más grande de lo que sugerían los resultados del segundo Q.
Y mientras, ¿las empresas qué? Pues que hacen el único simulacro anual de contacto con una inteligencia superior, intentando funcionar con menos reuniones, menos correos y menos supervisión. A veces incluso lo consiguen.
Yo quiero pensar, porque así interpreto su final abierto, que en la película de Spielberg la verdad revelada salva al planeta de su autodestrucción. Si las vacaciones consiguen que nos sintamos reales por permitirnos hacer nada que sea urgente, entonces también son una suerte de salvación. Por eso las llevamos escritas en la frente a poco que nos acercamos a ellas.
Vaya, ahora caigo en la cuenta, no soy un ser superior, sólo capto patrones. Antes de irnos, las urgencias arrecian, pero con las vacaciones a la vuelta de la esquina pasa como cuando un cuerpo ahorra energías de muchos órganos y las concentra en uno solo, el que les ayuda a aguantar hasta que lleguen. El cerebro deja de priorizar marrones y empieza a planificar placeres. “Eso lo veremos en septiembre”. Las abducciones existen, se llaman vacaciones.
Ya queda menos. Yo aprovecharé para mirar las Perseidas, las bonitas lágrimas de San Lorenzo. Dejaré de buscar respuestas y me limitaré a mirar. Quizá se cuele una señal de que no estamos solos en ese universo o simplemente veré basura espacial envuelta en nubes de polvo cósmico, pero sea lo que sea que vea, me tumbaré, me callaré y miraré hacia arriba. ¡Pues sea!