Prometeo, “el que ve primero”, un titán hijo de Jápeto y Clímene. Era un titán diferente, porque no representaba la fuerza bruta, sino la fuerza de la razón. Desafió a Zeus robando el fuego sagrado para entregárselo a los hombres, enseñándoles el conocimiento y las artes. Prometeo encarna uno de los mitos más poderosos de la cultura griega. No es la historia de un robo a los dioses, es la historia de una confianza radical en la humanidad.
Prometeo confió en los hombres, hasta entonces indefensos y débiles frente a los dioses, para que pudieran usar ese fuego no solo para calentarse o cocinar, sino para crear, transformar y progresar. El fuego era más que una herramienta, era el símbolo del conocimiento, de la técnica, de la capacidad de iluminar la oscuridad. Confiar en los hombres para entregarles algo tan poderoso fue un acto de fe en su potencial, pero también una apuesta arriesgada: ¿Y si lo usaban para destruirse?
Zeus como venganza, ordenó un castigo eterno para Prometeo: ser encadenado en el Cáucaso a un precipicio remoto donde cada noche un águila vendría a comer su hígado, que se regeneraría durante el día para así volver a empezar.
Prometeo no solo entregó fuego a los hombres, entregó un voto de confianza que marcó el inicio de la civilización humana. Lo mismo ocurre con el liderazgo: confiar en el equipo es arriesgado, pero sin ese riesgo no hay crecimiento ni progreso, tanto individual como colectivo.
Podríamos ver a cada líder como una representación de Prometeo: roba un fragmento del “poder divino” -el conocimiento, la visión, la experiencia- que comparte con su gente. Y aunque eso conlleve dolores de cabeza, críticas o incluso resultados no deseados, la confianza sigue siendo el fuego que alimenta el buen liderazgo, nutre al equipo, enciende la creatividad, la innovación y el futuro compartido.
Define la RAE delegar como “dar la jurisdicción que tiene por su dignidad y oficio a otra, para que haga sus veces o para conferirle su representación”, y aparece de nuevo como sinónimos “confiar” y “apoderar”. La unión del concepto delegación y confianza es unívoca e implica soltar el control o parte de él; significa poner el poder en manos de otro, como hizo Prometeo.
Sin embargo, como líderes no siempre estamos a la altura de un titán, no siempre confiamos y delegamos. ¿Por qué ese miedo a soltar? ¿Por qué nos cuesta tanto delegar? Aparece aquí una lista sin fin de argumentos y/o excusas con las que justificamos el acto de desconfianza, y obviamos que deja ver nuestra tríada oscura del “liderazgo”: inseguridad, miedo y ego. Veamos algunos ejemplos. Es que…
- “Tardo menos en hacerlo yo que en explicarlo”. Una trampa cortoplacista con la que olvidamos que cada tarea no delegada es una oportunidad perdida de aprendizaje para todos.
- “Lo reconozco, no confío en que lo hagan con la calidad necesaria”. El perfeccionismo no siempre es una virtud, puede ser el origen de un problema. Es mejor algo excelente hecho en equipo que algo perfecto que nunca se pueda escalar.
- “No puedo perder el control, tengo que reportar”. El control obsesivo convierte al líder en cuello de botella. Confundir delegar con abdicar de la responsabilidad es un error grave: se delega la ejecución que conlleva su propia responsabilidad, pero no se delega la responsabilidad final.
- “Me da miedo perder relevancia”. Sí, hay líderes que unen delegar con ser prescindible, tienen miedo de no ser necesitados (no hay manera de que recuerden que imprescindible se es siempre y menos mal). Pero lo peor es que olvidan que un líder que no delega es un gestor de tareas, no un creador de capacidades.
¿Y qué hay de las personas, del equipo? ¿Qué pasa en la empresa cuando no delegamos? Las consecuencias son claras: el líder se satura, pierde visión estratégica y se convierte en gestor operativo; en el mejor de los casos actúa como supervisor, en el peor de los casos malogra su equilibrio mental y el de su equipo. El equipo se frustra, no crece y se siente infrautilizado, piensa en migrar a otra empresa o peor, en quedarse en la organización como mero “ejecutor”, está en cuerpo, pero no en espíritu. Y la organización pierde capacidad de escalar, innovar y adaptarse porque no tiene una legión de mentes pensantes, tiene unos cuantos legionarios que dirigen una tropa de Walking Dead. Y así, en lugar de plantear estrategias al estilo Sun Tzu, estamos en modo guerra de guerrillas. En otras palabras, un/una responsable que no delega condena al equipo a la adolescencia perpetua, a sí mismo a ser un “manager helicóptero” que ralentiza a la organización. En el plano mitológico, si Prometeo no hubiera robado el fuego, la humanidad hubiera perecido. Sírvanos de nuevo esta metáfora con todo su simbolismo.
A estas alturas somos conscientes de que delegar necesita de confianza, pero no solo en los demás, sino en uno mismo, en la capacidad de guiar, para enseñar, para corregir sin invadir. La delegación es capaz de construir un sistema que funcione solo o de ayudar a crecer a personas para que brillen y vuelen solas. Tu brillo será solo un reflejo. Esa es la humildad del líder, y luego, tú como líder, coges otro equipo, otro proyecto y empiezas de nuevo.
El dilema de Prometeo en las empresas
Si llevamos el mito al mundo organizacional:
- ¿Cuándo confiar? Como Prometeo, el líder decide cuándo su equipo está listo para recibir el fuego. Delegar demasiado pronto puede quemar y demasiado tarde puede apagar la motivación.
- ¿Hasta dónde confiar? El fuego ilumina, pero también incendia. Confiar ciegamente puede ser ingenuidad, y no confiar nunca, autocracia.
- ¿Qué coste asumir? Prometeo fue encadenado por Zeus y su hígado devorado cada día por un águila (tranquilos, a Prometeo le liberó Hércules y a nosotros la ley y la PRL) pero efectivamente hay un coste: ceder “poder” desde la confianza no siempre es cómodo.
Pero no todo el problema de la delegación está del lado de Prometeo, la humanidad tenía mucho que decir. El equipo también tiene sus propias resistencias cuando se enfrenta a la delegación, la misma tríada “inseguridad, miedo y ego” pero a la inversa: no querer la responsabilidad por miedo a los resultados de nuestra toma de decisiones, a equivocarse. Si la cultura del error no está bien gestionada el equipo evita asumir lo delegado para no exponerse a reproches; inseguridad de no estar a la altura, y ego por no afrontar las propias limitaciones.
Asumir como equipo lo que ha sido delegado implica coraje, iniciativa y determinación, connotaciones que paradójicamente comparte con el liderazgo.
Un par de conclusiones prometeicas
Delegar es un acto de humildad, de confianza y de valentía. Implica aceptar que no siempre tenemos que ser el mejor por estar a los mandos, que el talento se multiplica cuando se comparte el poder y que el liderazgo no se mide por lo que haces tú, sino por lo que haces posible en otros.
El trabajo de Prometeo continúa de forma invisible una vez entregado el fuego a través de tres comportamientos:
- aportar claridad, definir qué se espera, con qué criterios se medirá y cuál es el margen de decisión;
- acompañar, realizar un camino de aprendizaje desde el control, pasando por la supervisión, el seguimiento, para llegar a realizar finalmente un punto de situación;
- y dar feedback, reconocer el trabajo bien hecho y corregir el que no lo está, sin apropiarse del resultado.
Optar por lo contrario sería un comportamiento más de Epimeteo “el que ve después”, hermano de Prometeo, pero esa es otra historia.