¿Dilema resuelto? Elegir entre identidad, reconocimiento y poder

  13/03/2026
  16 min.
¿Dilema resuelto? Elegir entre identidad, reconocimiento y poder

Quizá pueda parecer naïf el planteamiento del dilema de esta semana porque ¿quién no quiere promoción, éxito, notoriedad? Quizá sea pueril, purista o incluso «una superioridad de juicio moral» cuestionarse esta dicotomía. Quizá sea por no parar y reflexionar sobre el impacto o la ausencia de proyección de las consecuencias de nuestras decisiones que nos encontramos muchos profesionales que han perdido el sentido de lo que hacen.

Planteamiento del dilema

Esta reflexión responde al escenario planteado en el Dilema de Aquiles #12 · La fama vs. el éxito: la oferta de una posición de alta visibilidad pública y la tensión entre aceptar la exposición o preservar la identidad. Si no has leído el enunciado, te recomendamos empezar por ahí.

No planteamos que se tome la opción correcta —si es que esta existe de forma única para todo el mundo—; tan solo exponemos la importancia de evaluar las opciones. El mero hecho de esa reflexión hace tomar consciencia de la dimensión del impacto, de fusionar alternativas y opciones que nos lleven a actuar internamente con una consistencia que nos mantendrá con una buena toma de tierra.

Este dilema no trata únicamente de aceptar o no una promoción. Lo que está en juego es algo más sutil: la relación entre identidad, reconocimiento y poder. O dicho de otro modo, la tensión entre lo que podemos llegar a ser en el sistema y lo que queremos seguir siendo dentro de nosotros mismos.

Desde la filosofía moral se alude a una cuestión clásica: ¿cómo integrar el éxito sin que termine por gobernarnos? Ya en la Ética a Nicómaco, Aristóteles advertía que el reconocimiento social es un bien deseable, pero insuficiente para definir una vida buena, porque depende demasiado del juicio ajeno. Algo similar sugería siglos después Hannah Arendt al distinguir entre la esfera pública —donde actuamos y somos visibles— y la esfera privada —donde preservamos lo que somos y que no puede convertirse en representación—.

¿El reconocimiento fortalece mi criterio o me vuelve dependiente de él?

¿Estoy creciendo en coherencia, en congruencia y en consistencia o solo en notoriedad?

Opción A

Aceptar la posición como un logro y una evolución natural

Aceptar la posición supone reconocer que el talento, cuando adquiere influencia, genera inevitablemente exposición. El liderazgo contemporáneo no se ejerce únicamente en el interior de las organizaciones; también se ejerce en espacios simbólicos donde se configuran las narrativas del sector. Desde esta perspectiva, aceptar la posición puede interpretarse como una forma de responsabilidad: si se tiene capacidad de influencia, quizá exista también un deber de ejercerla.

Aristóteles defendía que la virtud no consiste en retirarse de la vida pública, sino en participar en ella con prudencia, orientando las decisiones hacia el bien común. El reconocimiento no es simplemente fama; es la validación de la virtud y la contribución al bien de la comunidad.

En el contexto organizativo, los cambios estructurales rara vez se producen desde la periferia. La cultura empresarial, la gestión del talento o la coherencia estratégica suelen transformarse desde posiciones internas de poder real. Si durante años has defendido ciertos principios, ocupar una posición visible podría permitir que esas ideas se traduzcan en políticas reales. Renunciar a ella podría incluso interpretarse como una renuncia a la capacidad de influir en aquello que siempre se ha querido mejorar.

Erving Goffman en The Presentation of Self in Everyday Life (1956) explica cómo en la vida social todos interpretamos roles, usando máscaras para presentarnos ante los demás. El problema aparece cuando el rol absorbe completamente a la persona que lo interpreta. En una posición pública corporativa esto puede suceder con relativa facilidad: las palabras dejan de ser del todo propias y la identidad profesional comienza a alinearse inevitablemente con la identidad institucional.

Aceptar el puesto implica, por tanto, asumir una alerta constante para conseguir ejercer influencia sin dejar que el rol termine por colonizar por completo la identidad personal.

La cuestión de fondo no sería si se puede o se quiere asumir la exposición pública, sino si se posee la madurez interior suficiente para no quedar atrapado en ella.
Opción B

Rechazar la posición para preservar tu identidad y contexto personal

Rechazar la posición puede interpretarse como un ejercicio de lucidez respecto a los propios límites y prioridades. La tradición filosófica ha defendido muchas veces la idea de que una vida buena no depende de la expansión ilimitada del poder o del reconocimiento.

Epicuro sostenía que la serenidad —ataraxia— se alcanza cuando aprendemos a distinguir entre deseos naturales y deseos inducidos por el entorno social. La visibilidad permanente, la agenda saturada, la evaluación constante y la pérdida de espacios privados pueden convertirse fácilmente en un precio demasiado alto si la identidad personal no está acostumbrada a alimentarse de ese tipo de reconocimiento.

Charles Taylor en The Ethics of Authenticity (1991) advierte que la autenticidad no significa simplemente «hacer lo que uno quiere», sino vivir de acuerdo con aquello que realmente tiene sentido para uno mismo. Bajo esta lectura, rechazar la posición podría ser una forma de preservar coherencia interior. El crecimiento no tiene que ser necesariamente expansión vertical; existe también un crecimiento horizontal: profundizar en lo que uno ya hace bien y ejercer influencia directa en equipos concretos.

Este aspecto podría explorarse mejor por parte de las empresas para romper definitivamente la asociación de éxito con la promoción vertical de llevar equipos. ¿Cuánto sufrimiento de equipos y de managers nos evitaríamos? Y, además, no perderíamos talento.

Sin embargo, la psicología moral recuerda que el miedo al fracaso puede adoptar formas muy sofisticadas. A veces se disfraza de prudencia. Otras veces, de búsqueda de equilibrio.

Kierkegaard apuntaba que las decisiones verdaderamente importantes generan siempre una cierta angustia porque implican elegir quién queremos ser.

Rechazar la posición solo será una decisión auténtica si nace de una convicción clara, no de una evitación silenciosa.

Lo que realmente confronta el dilema no es el éxito o el fracaso, la fama o el anonimato, sino dos formas distintas de relación con el reconocimiento y el poder. Aceptar la posición supone asumir que la influencia requiere visibilidad y que, en determinadas circunstancias, el liderazgo implica representar algo más grande que uno mismo. Es una decisión que abre posibilidades de transformación real, pero que exige una gran disciplina interior para no quedar absorbido por el rol.

Rechazarla, en cambio, puede ser una forma de proteger la coherencia personal y preservar espacios de libertad intelectual y vital que la exposición pública inevitablemente reduce. Pero también exige honestidad para distinguir entre autenticidad y autoprotección.

Tal vez la pregunta decisiva no sea cuál de las dos opciones es mejor, sino desde qué lugar interior se toma la decisión. Porque, al final, el éxito no es solo aquello que conseguimos, sino también aquello que somos capaces de integrar sin perder nuestro centro. Quizá esa sea la verdadera medida de una trayectoria: no cuánto ascendemos, sino cuánto seguimos reconociéndonos en el camino.

Aristóteles · Ética a Nicómaco

Para Aristóteles, la eudaimonia —habitualmente traducida como felicidad o florecimiento— no consiste en acumular bienes externos como la fama o el poder, sino en vivir de acuerdo con la virtud. El reconocimiento social es un bien deseable, pero insuficiente para definir una vida buena, porque depende demasiado del juicio ajeno. Cuando la identidad empieza a depender de ese reconocimiento, la persona corre el riesgo de quedar sometida a sus altibajos.

Erving Goffman · The Presentation of Self in Everyday Life (1956)

Goffman analiza la interacción social a través de una metáfora teatral: las personas actúan como actores en un escenario, manejando impresiones y usando máscaras para presentarse de cierta manera ante los demás. En una posición pública corporativa, el peligro surge cuando el rol absorbe completamente a quien lo interpreta: las palabras dejan de ser propias, el margen de disenso se reduce y la identidad profesional se fusiona con la institucional.

Epicuro

La ataraxia epicúrea es el estado de serenidad e imperturbabilidad al que se llega distinguiendo entre deseos naturales —necesarios para la vida buena— y deseos inducidos por el entorno social. Aplicado al dilema: la visibilidad permanente, la agenda saturada y la pérdida de espacios privados son un precio legítimo si uno los elige conscientemente; se convierten en un peso si se asumen por presión externa o por no haberse detenido a evaluar las consecuencias.

Charles Taylor · The Ethics of Authenticity (1991)

Taylor desmonta la idea vulgar de autenticidad —asociada a la espontaneidad o al capricho— para proponer una más exigente: ser auténtico significa vivir de acuerdo con aquello que realmente tiene sentido para uno mismo, no con lo que el entorno espera. Esto implica que rechazar una posición de poder puede ser tan auténtico como aceptarla, siempre que nazca de una convicción interior y no de una evitación encubierta. También implica que el crecimiento no es necesariamente vertical; profundizar en lo que uno ya hace bien es también una forma válida y a menudo más sostenible de desarrollo.

Søren Kierkegaard

Para Kierkegaard, la angustia no es un problema psicológico a resolver sino una señal filosófica a escuchar: aparece precisamente en los momentos en que estamos ante decisiones que nos definen. Las decisiones verdaderamente importantes generan siempre cierta angustia porque implican elegir quién queremos ser. Si ante este dilema no sientes ninguna incomodidad, quizá no lo estás pensando bien. Si la sientes, estás exactamente donde debes estar para tomar una decisión que sea tuya de verdad.

¿Cuál sería tu elección?

Una vez leído el análisis, señala la opción con la que te identificas. La incomodidad que genera tu respuesta ya es información valiosa.

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No hay respuesta correcta. Lo que importa no es la opción elegida sino el grado de consciencia con el que se elige.

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Consultora, formadora y divulgadora experta en transformación cultural, liderazgo y gestión de equipos. CEO de Intalentgy, coordinadora del Campus IA+Igual y del Campus ORH y acreditada en la metodología de roles de equipo de Belbin y en el CTT de Barret.

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