¡Oíd, oíd, oíd!
Sepan cuantos este bando vieren y entendieren que, habiendo llegado a oídos de Su Majestad los desvaríos, excesos y otras demasías que aquejan a las tierras de la gestión de personas, y considerando que no hay reino próspero sin gentes razonablemente tratadas ni buen gobierno que pueda sostenerse a fuerza de proclamas, se ordena y manda lo siguiente:
Que se restituya el sentido común al gobierno de las personas y se tenga por cierto que no toda ocurrencia es innovación, ni toda costumbre merece conservarse, ni toda práctica traída de reinos extranjeros ha de adoptarse sin antes pasar por el juicio de los entendidos.
Que se ponga coto a la celebración de jornadas, encuentros y simposios en que las gentes abandonan sus quehaceres y consumen horas de labor escuchando, bajo nuevos nombres y pomposos envoltorios, cosas de antiguo sabidas y por todos conocidas; y que quien nada nuevo tuviere que enseñar, ni cosa provechosa que aportar, tenga a bien guardar silencio y excusar a los demás de tan larga y estéril plática.
Que se guarde mesura en el pregón de las virtudes corporativas y no se tenga por cumplido aquello que solo hubiere sido proclamado, pues más vale obrar con seso y buen juicio que abundar en palabras y quedarse corto en hechos.
Que no se mande aprender por mero cumplimiento ni se tenga la asistencia a lección por prueba de sabiduría adquirida; que toda enseñanza tenga propósito cierto y aproveche al buen desempeño del oficio, pues no está el saber en juntar lecciones, sino en mejorar la obra. Y que, antes de enseñar a las gentes a soportar mayores cargas, se tenga a bien examinar si no fuere más cuerdo aligerarlas.
Que no se predique la meritocracia allí donde se desconozcan las reglas del ascenso, ni se invoque el talento para justificar decisiones que nadie sabe explicar. Que el mérito sea reconocido con criterios claros, y que el agradecimiento, siendo virtud loable, no se utilice como moneda para saldar deudas que requieran otra clase de recompensa.
Que se recuerde a los señores y responsables de equipo que el mando no les fuere otorgado para acumular obediencias, sino para hacer posible el trabajo de otros. Que se les exija criterio antes que carisma, responsabilidad antes que popularidad y coherencia antes que discursos inspiradores.
Que ninguna herramienta, por novedosa que fuere, sea confundida con el fin que ha de servir. Que la tecnología ayude a pensar, decidir y trabajar mejor, y que no se multipliquen los procedimientos solo porque ahora puedan ejecutarse con mayor rapidez. Que la máquina haga lo que le corresponda y que las personas conserven el juicio sobre aquello que les compete.
Que se cumplan las normas, se atiendan las obligaciones y se documenten las decisiones que deban ser documentadas, pero que nadie tome el cumplimiento del procedimiento por prueba suficiente de haber resuelto el problema, pues no es lo mismo tener constancia de que algo se hizo que poder demostrar que sirvió para algo.
Que, antes de aprobar una nueva política, se pregunte qué problema resuelve, a quién beneficia, qué exige de la organización y cómo se sabrá si ha funcionado, y que, si no hubiere respuesta razonable a tales preguntas, se suspenda la proclama hasta mejor ocasión.
Que cada cual responda de sus obras y no cargue sobre hombros ajenos el peso de sus propios deberes; que no invoque la falta de reconocimiento para excusar la desidia, ni la falta de medios para justificar aquello que pudiere remediar con su buen hacer; y que señores y vasallos, mandos y servidores, recuerden que el compromiso no se proclama de palabra, sino que se demuestra en la obra, pues no hay lealtad que valga sin responsabilidad, ni responsabilidad que se sostenga cuando cada cual espera del otro lo que él mismo no está dispuesto a dar.
Quien contraviniere lo aquí dispuesto será condenado a asistir, sin café y con la cámara encendida, a tres jornadas consecutivas sobre liderazgo inspirador, y a dar cuenta por escrito de los provechosos frutos que de ellas hubiere obtenido.
Y para que lo ordenado no quede en papel sellado ni en palabras por el viento llevadas, se manda a los responsables de su cumplimiento que comiencen por sus propias decisiones, sin aguardar a que otros les den ejemplo.
Dado en la sede de la organización, en el año de gracia de dos mil veintiséis.
Por orden de Su Majestad, fuere quien sea.
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