Para algunos, los problemas no son una circunstancia sino un accesorio identitario, algo así como su DNI. No salen de casa sin llaves, móvil y una tragedia menor cuidadosamente planificada o revivida sobre la frente, como quien luce gafas de diseño o un sombrero con personalidad. Viven instalados en la liturgia del contratiempo, convencidos de que la paz es sospechosa y de que una existencia sin conflicto roza la vulgaridad o, pero aun, que les hace invisibles.
Crean problemas donde no los hay o donde, sencillamente, podrían quedar diluidos como una gota en el océano. Pero no, lo suyo es ver la vida como una suma de obstáculos para ellos mismos y para los demás. ¡Cenizos de manual!
Estas personas no resuelven problemas, los cultivan, los riegan, los podan, los exhiben. Si la realidad no les ofrece suficientes obstáculos, improvisan uno con admirable creatividad. Una conversación neutra puede convertirse en agravio; un silencio, en crisis; una espera de tres minutos, en prueba irrefutable del colapso social. Son empresarios del drama cotidiano, emprendedores del sobresalto.
Quizá temen que, sin un problema constante, deban enfrentarse al vértigo insoportable de estar simplemente bien. Esa es su tristísima realidad, no pueden vivir sin una catástrofe que les entretenga porque, a falta de serenidad interior, llenan el hueco de su apatía haciendo ruido para no aburrirse. El conflicto les ofrece propósito, narrativa y la confortable sensación de ser protagonista de una épica que no les quema calorías -¡ya quisieran!- sino energías.
El problema es su modo de vida, una dieta emocional de sobresaltos, indignación y nimias hecatombes pasadas por el megáfono de su necesidad de reconocimiento. ¿Pero de qué si no saben resolver problemas? Mientras, otros intentan que los problemas no exploten viendo desde lejos los que se avecinan. Su lema: la vida es lo que sucede mientras la vida pasa.