En las organizaciones complejas el trabajo rara vez es completamente individual porque los proyectos son el resultado de contribuciones múltiples, algunas visibles y otras silenciosas. Sin embargo, el reconocimiento no siempre sigue la misma lógica que el esfuerzo. La visibilidad, la capacidad de comunicar y el posicionamiento interno suelen pesar tanto como la aportación real. Y uno parece que tiene que acumular habilidades no solo en el desempeño sino también en su comunicación. Si bien el esfuerzo del trabajo bien hecho pertenece al ámbito de lo real, el reconocimiento público habita en el terreno de lo simbólico, y por eso no basta con contribuir, hay que ser leído como contribuyente; no es suficiente con generar valor, alguien tiene que atribuírtelo.
Es entonces cuando nos abordan las preguntas
- ¿Hasta qué punto la meritocracia organizativa depende de la verdad de los hechos o de la capacidad de hacerlos visibles?
- ¿Es la visibilidad una forma de legitimidad o una forma sofisticada de poder?
- ¿Es responsabilidad de cada uno «hacerse ver»?
- ¿Y qué ocurre cuando el silencio de unos permite el protagonismo de otros?
Trabajas en un proyecto estratégico que ha tenido un impacto muy positivo en la compañía. Durante meses has sido una pieza clave, has resuelto problemas críticos, has sostenido momentos de crisis y has aportado soluciones que han permitido que el proyecto saliera adelante. En varias fases del proyecto el trabajo de otros giraba en torno al tuyo, guiando una parte del desarrollo de forma excelente.
Sin embargo, en la presentación final ante la alta dirección, tu responsable y un compañero, ambos más hábiles comunicativamente hablando que tú, realizan la presentación y parecen encarnar el éxito del proyecto. No hay apropiación indebida o explícita, puesto que todos los participantes son nombrados, pero sí una redistribución implícita del mérito. Lo que en la realidad fue un esfuerzo coral, lleno de matices, tensiones y apoyos cruzados, se traduce en un relato lineal, donde el protagonismo se concentra en unos pocos actores fácilmente identificables. Y lo que fue complejo, hecho de decisiones pequeñas, de investigación y problemas resueltos en la sombra, de aportaciones difíciles de verbalizar, se convierte en una historia protagonizada en rostros ya visibles que pueden representar el éxito de forma comprensible para todos. No es que el mérito desaparezca, es que cambia de forma y tu nombre no desaparece del proyecto, pero tampoco pesa y representa tu nivel de aportación.
En los días siguientes comienzan a perfilarse decisiones relevantes: promociones, asignaciones a proyectos de mayor visibilidad, oportunidades de crecimiento… Entiendes, porque conoces la organización, que esas decisiones no se basarán únicamente en lo que ocurrió, sino en cómo ha quedado interpretado lo ocurrido.
Sabes que podrías intervenir, pero también que hacerlo no es neutro: reclamar visibilidad puede ser leído como una corrección legítima o como desconfianza, y también como una ruptura tácita de las reglas no escritas del juego.
¿Reivindicas el peso real de tu contribución para poner de manifiesto tu mérito personal o la prudencia de esperar a que se tenga en cuenta porque se conoce ya tu contribución, aunque no se haya explicitado como tal?
¿Por qué opción optarías?
Decides no intervenir. Asumes que tu contribución es conocida por quienes realmente importan y que no todo necesita ser explicitado para ser tenido en cuenta. Confías en que la consistencia de tu trabajo acabará pesando más que una narrativa puntual y la notoriedad de los presentadores. Priorizas la prudencia, el respeto a las dinámicas no escritas y la estabilidad de las relaciones.
Sin embargo, aceptas un riesgo claro: que en un entorno donde las decisiones se apoyan en percepciones, lo no explicitado pierda fuerza frente a lo expuesto en escena con gran notoriedad.
Decides intervenir y mantener una conversación directa con tu responsable para alinear la percepción con la realidad de lo ocurrido. No planteas una queja, sino una necesidad de ajuste, es decir, de hacer visible el peso real de tu aportación en un momento donde ese reconocimiento tiene consecuencias concretas.
Asumes que este movimiento puede ser interpretado de forma ambivalente, bien como un ejercicio legítimo de justicia o bien como desconfianza en tu responsable y en los procesos de mérito de la organización. Aun así, eliges no delegar en la interpretación ajena aquello que consideras que debe ser reconocido con claridad.
Optas por no disputar lo ocurrido, aceptas que en esta ocasión es posible que hayas sido opacado. No obstante, y sin cuestionar directamente la narrativa consolidada en este proyecto, trabajas activamente para influir en cómo se te percibirá a partir de ahora. En los siguientes proyectos tienes claro que, además de contribuir, vas a generar visibilidad, construirás un discurso sobre tu aportación y te posicionarás en los espacios donde se decide el siguiente paso. Te harás visible, porque «la mujer del César ha de serlo y parecerlo».
Con esto no corriges el pasado, pero sí intervienes en el futuro. Asumes que, en tu organización, el reconocimiento no solo se deriva del mérito, sino de la capacidad de comunicarlo y sostenerlo en el tiempo a través de una narrativa propia.
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