Este dilema trata de las cuentas que te rindes a ti mismo, cuando solo eres tú quien sabe “la verdad”. Es precisamente en esa soledad de la decisión donde se revela con mayor nitidez no lo que uno dice de sí mismo, sino lo que realmente “se es”. La ética de la sala vacía, sin testigos, sin trazabilidad, sin consecuencias visibles para el que actúa, es la única ética que no puede fingirse, porque el personaje que construimos para los demás desaparece y nos quedamos a solas con nosotros mismos.
Hay un elemento que convierte este dilema en especialmente humano: ese error pasado que quedó sin corrección, ese balón que echó fuera un colega de trabajo, que tú recibiste en la cara y que te dejó una especie de cuenta pendiente. Ahí es donde se hace fuerte la tentación de no intervenir y que sea lo que tenga que ser, porque entendemos que no es rencor sino permitir que actúe la justicia kármica; la justicia kármica” o incluso “poética”, esa narrativa que el ser humano construye para saldar la cuenta, que te susurra que no estás actuando de forma incorrecta, sino que simplemente no intervienes, tan solo dejas que el universo fluya.
La pregunta clave no es si debes dejar que otro pague finalmente su error sino si tu estándar ético es un principio regente o una respuesta, si tu manera de actuar depende de ti o de cómo te han tratado. Profundiza conmigo en cada una de las opciones, ¿cuál es la tuya?
Avisas a Manuel y dejas que él gestione el error.
La ética de la distancia cómoda
Esta opción tiene la apariencia de la rectitud. Actúas, el error se corrige, el cliente no sufre las consecuencias y, por ende, Álvaro tampoco. Además, tú no has tenido que enfrentarte directamente a él ni asumir el coste de esa conversación. Es eficiente, es limpia y, desde fuera, es irreprochable porque también salvaguardas a Manuel, que también obvió el error.
Tomás de Aquino, en su análisis de la prudencia, advertía que esa virtud no puede ejercerse de forma parcial sin que esa parcialidad la desvirtúe. Es decir, actuar bien en la dimensión técnica (corregir el error) mientras se elude deliberadamente la dimensión relacional no es prudencia; es una forma elegante de cobardía. Con esta decisión se resuelve el problema del informe, pero no se resuelves el problema con la persona, y en una organización donde ambos debéis seguir trabajando juntos, esa elusión tiene consecuencias.
Hay también aquí una trampa psicológica sutil. Avisar a Manuel puede ser leída como la opción generosa, la que pone el bien del cliente e incluso a Álvaro por encima de las fricciones personales, pero si esa lectura no va acompañada de una revisión honesta del motivo real por el que no se avisa directamente a Álvaro, esa narrativa se convierte en autoengaño. Y el autoengaño es la forma más sofisticada de traicionarse a uno mismo.
Avisas a Álvaro obviando a Manuel.
La ética del encuentro
Esta es la opción más exigente, no porque sea la más complicada desde el punto de vista técnico, sino porque es la que no permite esconderse. Vas directamente a Álvaro, con el peso del antecedente sobre la mesa, con la incomodidad de saber que él puede leer tu gesto de maneras que no controlas.
En su análisis de la amistad y del trato justo Aristóteles diferenciaba entre actuar conforme al deber y actuar desde el carácter. La segunda forma de actuar, la que emerge de quien uno es y no solo de lo que uno calcula que debe hacer, es la que define la virtud en sentido pleno. Avisar a Álvaro, sabiendo que la conversación puede ser tensa, que puede mal interpretarse, que puede generar más fricción, es precisamente actuar desde el carácter.
Desde la tradición kantiana esta opción se sostiene sobre el imperativo de tratar al otro como un fin en sí mismo, no como un objeto de la propia estrategia. Avisar directamente a Álvaro es reconocerle como protagonista de su propio error y de su propia corrección. Se trata de hacer lo que cualquiera querría que alguien hiciera por él si estuviera a punto de cometer un error con consecuencias reales.
Avisar a Álvaro ahora, desde la generosidad y no desde la venganza, es el único movimiento que puede comenzar a transformar la dinámica entre ambos. La psicología del perdón y la reconciliación estudiada ampliamente por el doctor Frederic Luskin, experto en psicología clínica y positiva y director de “Proyectos de Perdón, en la Universidad de Stanford, señala que las relaciones dañadas no sanan a través del silencio ni de la evitación, sino a través de actos concretos que rompen el patrón.
El riesgo es real, Álvaro puede sentir que te has extralimitado, no puedes controlar su reacción, pero sí puedes controlar la tuya. Si actúas desde la rectitud, sin ironía ni superioridad moral, habrás hecho lo que podías hacer. No tienes control sobre el resultado, pero sí sobre el acto.
No intervienes.
La tentación de la justicia kármica
Esta opción tiene una lógica interna que sería deshonesto ignorar: el informe no lleva tu firma, ya ha sido revisado por otra persona y no tienes responsabilidad explícita. En el fondo, una parte de ti lleva tiempo esperando que Álvaro cargue con las consecuencias de sus propios actos.
Desde la filosofía estoica, Epicteto distinguía con precisión entre lo que está en nuestra mano y lo que no lo está. El comportamiento de Álvaro en aquel episodio pasado no estaba en tu mano, pero sí lo está lo que haces hoy con lo que sabes. Los estoicos eran implacables con la idea de que la virtud no puede ser reactiva ni condicional; se ejerce siempre, con independencia del mérito del otro, precisamente porque es una forma de gobierno de uno mismo, no una respuesta al comportamiento ajeno. Ser realmente estoico no es fácil ni cómodo.
Sin embargo, el convencerte de que no actuar es neutral, de que el karma hará su trabajo, de que en realidad no tienes responsabilidad alguna, es exactamente el mecanismo que permite a las personas comportarse de formas que no están alineadas con sus valores declarados sin experimentar la disonancia correspondiente. Si todos actuáramos así el resultado sería una organización donde nadie ayuda a quien no le ha tratado bien, donde la colaboración queda condicionada por el historial personal de agravios, donde la ética se convierte en un registro de deudas.
Porque ¿cómo convives contigo mismo después? Pues… “pasando página, no dándole mayor importancia”, “cada uno recoge lo que siembra”… dirían muchos. La psicología ha documentado ampliamente que la congruencia entre valores y conducta, es decir “la integridad”, es una de las fuentes más estables de bienestar psicológico. La ausencia de esa “integridad”, de esa “congruencia”, ese espacio entre lo que uno dice que es y lo que hace cuando nadie le ve, tiene un coste, no siempre con culpa inmediata, pero sí con una erosión lenta del autorrespeto.
Deliberaciones finales
Ortega y Gasset dijo que “el hombre no tiene naturaleza, tiene historia” y que “lejos de haber sido regalado al hombre el pensamiento, (…) la verdad es que se lo ha ido haciendo, fabricando poco a poco, merced a una disciplina, a un cultivo o una cultura, a un esfuerzo milenario de muchos milenios, sin haber aún logrado terminar esa elaboración”.
Lo que somos no está dado de antemano, se construye en cada decisión concreta, especialmente en las que solo registras tú:
- La opción A es defendible si el único objetivo es corregir el error técnico, pero si lo que se busca es también actuar con integridad en la dimensión relacional, esta opción queda incompleta desde el punto de vista ético.
- La opción B es la más sólida desde una ética de la integridad, no la más cómoda, pero sí la más coherente cuando uno quiere estar en paz consigo mismo.
- La opción C no es una posición ética, es una posición emocional disfrazada de neutralidad, es muy humana y comprensible, pero no debemos autoengañarnos, en el fondo sí intervenimos, porque la decisión de no intervenir es en sí misma una acción.