Si eres de los que desconfían por sistema, de los que ven en los demás a un contrario más que a un aliado y de los que, en definitiva, reconoce fantasmas donde sólo hay claroscuros, entonces el
diagnóstico es claro: tienes alma de Dr. House. Explica Javier Cantera que “podemos definir este síndrome como la sobrevaloración de la falsedad de las personas en las empresas, a través de la cual un directivo considera que todos o la mayoría de los empleados están exagerando o mienten”. Esta suerte de paranoia, que vista a tamaño pantalla define un perfil de tipo irritantemente encantador, en la distancia profesional irradia una energía que no es precisamente positiva. El jefe desconfiado no cree en su equipo y eso mata la confianza.
Si en estos momentos hay un capital que podría fluir en nuestras empresas sin restricciones presupuestarias ese sería el “capital confianza”, pero conseguirlo no está en manos del budget sino, literalmente, en las nuestras: haciendo lo que decimos y diciendo lo que debemos. Cantera lo traduce en las cinco conductas de Covey y Merril que bien podrían ser el decálogo del buen dirigir: hablar claro, demostrar respeto, crear transparencia, corregir errores y mostrar lealtad. Aplicarlas no es cuestión de hacer una inmersión en un curso de formación en habilidades directivas sino, sobre todo, de admitir nuestras debilidades para suplirlas con las fortalezas de nuestro equipo. Steve Jobs sabía lo que hacía cuando decía que quería a su lado a gente mucho más lista que él -por eso Apple es hoy lo que es-, y no precisamente por rebosar humildad; Jobs simplemente era muy, muy inteligente, y sabía que 1+1+1 puede convertirse en 1x2x3.
El compromiso es, pues, una suma de efectos multiplicadores que, en términos de capital, puede llegar a alcanzar una cifra interesante. La cuestión es aprender a comprometer… y también a comprometerse.
Maite Sáenz, Directora de Observatorio de Recursos Humanos.