
El ego es a los directivos como los cantos de las sirenas a Ulises: la tentación que puede seducirles hasta conseguir hacerles perder el norte. El héroe heleno los venció atándose al mástil del barco y taponando sus oídos con cera espesa, y algo similar deberían hacer algunos directivos para mantener la integridad de sus comportamientos y no dejarse llevar por los oropeles del cargo. En realidad, todos tendríamos que hacerlo porque la satisfacción por el éxito obtenido, por nimio que sea, tiende a tornarse en suficiencia si no somos lo suficientemente hábiles como para tomarlo como lo que es: un paso más de los muchos que daremos en el camino de la vida, un camino que ni mucho menos transitamos solos y que nos depara no pocos requiebros y sorprendentes reencuentros.
José Manuel Casado llama a todo esto “los efectos de la entronización de los puestos directivos” y los describe con tanto detalle que les aseguro que la lectura de su artículo será como un déjà vu para muchos de ustedes. Explica Casado que “la mala educación se caracteriza por un proceder indelicado, precipitado por la inmediatez y la mera actualidad, que confunde lo urgente con lo imperioso y que piensa, erróneamente, que ésta es siempre celeridad. Considera que, dado que no hay tiempo que perder, avasallar es el camino”. La mala educación, así pues, no es un producto de la prisa ni de la tarea ni de la presión del puesto sino el resultado del valor que le damos a cada una y, en última instancia, del compromiso que adquirimos con quien realmente somos.
El ego es el mal de altura de la función directiva y sus efectos, devastadores como el propio ego, no tienen límites, son silenciosos y las más de las veces irreparables. Lentamente el “ego-ísta” siembra en la omnipresencia de su presente la soledad de su futuro sin reparar en que, en lo tocante a la vida laboral, el futuro puede estar más cerca de lo imaginado.