Hoy Madrid celebra a un trabajador y conviene recordarlo porque ocurre poco o nunca, más bien. Isidro era lo que hoy llamaríamos un trabajador sin contrato estable, con ingresos vinculados a la tarea y dependencia directa de quien le daba trabajo cada mañana. Se pasó la vida arando tierras ajenas en el siglo XII, cuando entre el trabajador y el señor no mediaba nada más que lo que mandaba el segundo. No fue mártir, ni misionero, ni teólogo escritor y carecía de toda épica santificable. Era un mero labrador.
La versión poética de la tradición cuenta que, mientras Isidro rezaba, los ángeles araban por él. La más prosaica retrata a su empleador espiándole detrás del seto, convencido de que cada vez que Isidro hacía una pausa, cosa que en su caso aprovechaba para rezar, le hurtaba productividad. Una y otra me recuerdan que, aunque el tiempo pase, las costumbres, o sesgos, ahora tan de moda, se mantienen erguidos sobre raíces profundas:
Nada nuevo nueve siglos después.
Milagros aparte, Isidro fue declarado santo por hacer bien su trabajo. Su vida humilde no encajaría hoy en el target de los altos potenciales porque sólo araba día sí, día sí y día también. La gestión actual celebra el talento excepcional más que la fiabilidad cotidiana, el liderazgo carismático más que la consistencia y las apariencias más que la utilidad real. La épica corporativa premia la travesía heroica del directivo visionario mientras que la prosa diaria del competente continuo se da por supuesta y, peor aún, por valorada.
Reconocer a quienes sostienen silenciosamente lo ordinario debería ser una muestra de madurez organizativa, y no por motivos sólo morales sino también operativos. Las organizaciones no caen por falta de visionarios, lo hacen por falta de gente que trabaje. Así tal cual, sin artificios, que trabaje bien haciendo bien lo básico.
¿Cuántos jefes son menos que nada sin sus labradores en el tajo? ¿Y cvuántos trabajadores hacen santos a sus jefes?
Igual que la tradición atribuía a los ángeles parte del trabajo del Santo, hoy muchas organizaciones dependen de trabajos invisibles que funcionan como si fueran automáticos… hasta que desaparecen desvistiendo al Santo. ¿Cuántos jefes son menos que nada sin sus labradores en el tajo? “No pasa nada, son fácilmente sustituibles”. ¿Seguro? El qué, puede; el cómo, no.
Lo invisible que sostiene convive con lo invisible que vigila, porque el amo no confía y necesita esconderse para cerciorarse. Pero ahora la desconfianza se ha convertido en sistémica. Todos desconfiamos de todos; la desconfianza como atributo bidireccional de las relaciones laborales del siglo XXI y la confianza como bien escaso y decreciendo, aunque nadie, ni de uno ni de otro lado, ponga una piedra para construirla.
Cuenta la leyenda que Vargas, al descubrir a los ángeles arando, cambió de actitud y mejoró el trato a su jornalero. Una pena que en el diálogo social que tenemos no haya ángeles —ética— ni revelación divina —conciencia— que reordene la sospecha.
Felicidades, Madrid. Y suerte, “labradores”.