Mucho data driven pero, a veces —demasiadas a veces—, nadie las ve venir. ¿Por qué? Porque, como diría la canción, «data is in the air» y, como le pasa al amor, los datos tienen algo de cazarlos al vuelo como él. El dato es un número, sí, y también todo lo que le rodea, es un yo y sus circunstancias que hay que aprender a interpretar con gafas de cerca, de lejos, de media distancia y hasta de sol, si me apuras. El problema es que, siendo críticos para tomar decisiones, estamos creando una cultura del dato miope y no porque el dato lo sea, sino porque nosotros tenemos demasiadas dioptrías como para entender qué lo explica.
¿Os suena lo de «me da en la nariz que…»? Pues lo que quiero decir es algo parecido pero como resultado de mucho pensar, mucho conectar, mucho cuestionar y mucho visualizar.
El data driven colectiviza la toma de decisiones, y eso, que suena a progreso democrático en las «organizaciones profundamente humanas», tiene el efecto secundario de que, cuando todos han visto los mismos datos e interpretado lo mismo, nadie ve venir nada que no esté ya en el dashboard. El consenso, pues, no amplía la visión, la recorta.
Un dato sin contexto es ruido con autoestima.
Me diréis que para eso están las reuniones, los intercambios de opiniones, los análisis externos y los debates internos. Ok, os lo compro. Pero decidme ahora qué pasa con los datos que incomodan o, mejor dicho, con las personas que ponen el foco en su interpretación incómoda para la mayoría. ¿Son los que ponen siempre los problemas por delante de las soluciones o los que buscan soluciones a partir de los problemas?
El problema no es el dato en sí, que es inocente como herramienta, pero sí lo es confundir la herramienta con el criterio. Un dato sin contexto es ruido con autoestima, y el contexto lo aportan cosas que ningún dashboard puede generar solo: la experiencia acumulada de haber visto ese patrón antes, la visión sistémica que conecta indicadores que aparecen en pestañas distintas del Excel, y el sentido crítico suficiente para preguntar por qué ese número que debería preocuparnos no conduce a ninguna reflexión colectiva y, ni mucho menos, a un consenso que no sea el de dejarlo para otro día. A esto, señoras y señores, se le llama tener criterio, una cualidad individual que también debería ser organizativa.
Siento que cada vez más y más gente es incapaz de verlas venir. No porque falten datos, sino porque no quieren ver lo que no les gusta. Que una lectura disidente no arruine la decisión que quiero tomar. Porque, seamos honestos, el dato tiene muchas narrativas —casi un género literario propio, diría yo— que se utilizan como coartadas perfectas: si todos estuvimos de acuerdo, nadie se equivocó, y si nadie se equivocó, nadie tiene que explicar nada. Pelillos a la mar, aunque la mar nos trague a todos.
Y mientras, Cassandra, la mortal griega que recibió el don de predecir el futuro pero también la maldición de que nadie creería sus pronósticos, se ahoga con ellos pero con las botas puestas. No dice «ya os lo dije» porque ya no importa. Le queda el consuelo de aferrarse al dashboard que flota con todos los KPI’s en verde.