Las compañías refuerzan sus celebraciones navideñas con un gasto medio de entre 30 y 50 € por persona. Sin embargo, detrás de la euforia festiva se esconde una advertencia: “Si la cena intenta arreglar el equipo, el problema está en el trabajo”, recuerda José David Fernández, directivo y consejero independiente especializado en profesionalización de pymes.
Fernández alerta sobre un patrón recurrente: las cenas de empresa se convierten en un sustituto emocional de conversaciones incómodas. “La confraternización calma tensiones durante horas, pero no corrige la calidad de la toma de decisiones ni la estructura interna”, advierte.
Cuando la convivencia se fuerza, lo que falta es dirección
El experto recupera una idea atribuida a Johan Cruyff sobre las cenas de equipo: “A cenar va quien quiere; cuando hay que imponerlo, el problema no es la cena”. Trasladado al ámbito empresarial, el principio es claro: cuando el equipo siente la urgencia de “hacer grupo”, lo que reclama no es una copa, sino liderazgo.
En su experiencia, estas celebraciones aparecen siempre en el mismo punto del ciclo: tras semanas de tensiones no nombradas, decisiones pospuestas y conversaciones que nadie quiere afrontar. La cena se convierte en una tregua emocional que tranquiliza, pero que no ordena.
El riesgo de confundir simpatía con gestión
Para Fernández, el peligro no está en celebrar, sino en sustituir conversación por simpatía.
“El ambiente no arregla lo que se rompe en el rendimiento. Y cuando la cena se usa como sedante, el problema sigue allí al día siguiente, intacto”, señala.
Su trabajo como consejero en pymes le permite identificar un patrón claro: en estructuras pequeñas, donde las relaciones son muy personales, la amistad puede convertirse en excusa para no tomar decisiones difíciles.
“En las pymes, la cena de empresa a veces carga con un peso que no le corresponde: el de mantener unido lo que debería mantener unido el trabajo. Cuando el equipo funciona, no hace falta fabricar convivencia; ocurre sola. Y cuando no ocurre sola, la conversación pendiente siempre está en el terreno del negocio, no en el de la simpatía”, explica.
Lo que la celebración no puede sustituir
Según Fernández, el problema de fondo no es la cena, sino lo que se esconde detrás de ella: claridad, ritmo, responsabilidades bien definidas y decisiones que no se aplazan tras un gesto amable.
- “Si un equipo necesita una cena para sentirse unido, lo que está pidiendo no es convivencia: es dirección. Las relaciones funcionan cuando las decisiones funcionan”.
- “No se trata de dejar de hacer cenas. Se trata de dejar de usar la cena como una coartada emocional para no mirar lo que realmente mantiene a un equipo”.
Fernández insiste: las cenas de empresa no deben desaparecer, pero sí leerse con madurez profesional.