El talento pide silencio a gritos
El talento pide silencio a gritos
En nuestro entorno laboral la pregunta no es tanto si sabemos estar en silencio, sino si podemos siquiera permitírnoslo sin que se interprete como falta de implicación, de ritmo o incluso, falta de valor, en su doble significado: aportación y coraje.

Blaise Pascal, uno de los pensadores más influyentes del siglo XVII afirmaba que “toda la desgracia de los hombres proviene de no saber permanecer en reposo en una habitación”. Y quien dice “en reposo” dice “en silencio” y quien dice “habitación” dice “en la mente o en el entorno”. En nuestro entorno laboral la pregunta no es tanto si sabemos estar en silencio, sino si podemos siquiera permitírnoslo sin que se interprete como falta de implicación, de ritmo o incluso, falta de valor, en su doble significado: aportación y coraje.

Reposad la siguiente pregunta: ¿Cuándo fue la última vez que pensasteis algo importante en completo silencio? Hablo del silencio sin interrupciones, sin notificaciones, sin la urgencia de tener que producir una respuesta inmediata. No hablo de ese silencio aparente que rellenamos con música de fondo o con la bandeja de entrada abierta en una segunda pantalla “para que no moleste”, sino del que obliga a definir un pensamiento de todos los que se agolpan en la cabeza, de elegir una sola idea que se mezcla con otras, de sostenerla, desarrollarla y cuestionarla. Ese silencio que es el único que nos permite pensar con profundidad, hablarnos, escucharnos y crear. ¿Cuál es tu respuesta a la pregunta? Bienvenido al club “Ruidosos anónimos”, porque de esto hay que desengancharse.

El ruido como coartada de la eficiencia

Actualmente, en las organizaciones hemos elevado la comunicación a categoría estratégica, que sin duda la tiene. Sin embargo, paradójicamente no nos preguntamos demasiado por su calidad, por su formato, por su propósito o, más importante aún, por cómo eliminar el “exceso verborreico multicanal”. Reuniones encadenadas e incluso solapadas (que de seguir así estamos más cerca de conseguir el don de la ubicuidad que de utilizar bien la IA), mensajes reiterativos, correos que se replican, canales que se multiplican, reuniones que podrían ser una decisión, decisiones que podrían ser una reflexión previa, reflexiones que no llegan porque no hay espacio para hacerlas… Todo ello bajo la creencia tácita que rara vez se cuestiona de que más comunicación equivale a mejor funcionamiento.

No obstante, a poco que nos damos esa pausa, esa inhalación que nos oxigena la mente, aparece de nuevo el sentido común y concluimos que el ruido operativo no es más que una coartada para sentirnos útiles y estar “en modo correcaminos cognitivo”. Ese ruido ensordecedor que es el exceso de comunicación…

  • no genera claridad, la diluye;
  • no mejora la toma de decisiones, la acelera hasta volverla confusa y banal;
  • no ordena la realidad, la fragmenta,
  • y si además la comunicación es de mala calidad, también la pauperiza.

Y nosotros, en ese incesante movimiento comunicativo y cognitivo encontramos una cierta tranquilidad de conciencia: la sensación de estar haciendo cosas, generando una suerte de “cosmética comunicativa” muy atractiva, una capa superficial de actividad que da apariencia de funcionamiento, pero que no siempre se traduce en entendimiento, coordinación, decisiones de calidad ni en avances reales.

El problema es que hacer cosas no siempre equivale a hacer lo que toca, centrándonos primero en “cómo lo contamos” sin pararnos a pensar bien en “qué es lo que hay que hacer o decir”. Ahí es cuando el ruido sustituye al criterio.

En ese proceso, casi sin darnos cuenta, hemos ido debilitando algo esencial, el pensamiento, porque pensar requiere espacio y tiempo, pero sobre todo requiere silencio, que hoy es un bien escaso y, lo que es más preocupante, un bien mal interpretado. Quien calla parece que no aporta, quien no responde de inmediato parece que no está, quien se toma un tiempo para pensar parece lento. Y así hemos construido un entorno donde el talento, ese que tanto nos preocupa atraer, desarrollar y retener, no encuentra las condiciones mínimas para desplegarse. ¿Será por eso por lo que, o no lo encontramos o se nos fugan?

Recordemos que Sócrates no enseñaba a través de discursos interminables, sino de preguntas que necesitaban de silencio para “hacer efecto” y que abrían espacios de pensamiento profundo. Hoy, sin embargo, parece que las preguntas, incluidas las difíciles y las incómodas, hay que responderlas rápido, casi en tiempo real, como si el hecho de no tener una respuesta inmediata fuera un síntoma de debilidad y no, como en realidad es, una señal de honestidad intelectual. Si avanzamos unos siglos, Heidegger planteaba que el silencio no es lo opuesto al lenguaje o la comunicación, sino una forma más auténtica del mismo. “El silencio es un lenguaje que dice lo indecible”.

Estas posiciones filosóficas sobre el silencio pueden incomodar al mundo organizativo, porque el silencio es una variable que no controlamos bien, que no podemos medir y que, sin embargo, es estructural para la calidad del pensamiento. ¿Será el silencio una competencia de este segundo cuarto del siglo XXI?

El papel del silencio en el liderazgo

Nos hemos acostumbrado a un modelo de liderazgo hiper expresivo (todo está siendo “hiper” en este primer cuarto de siglo) en el que el líder comunica, alinea, inspira, moviliza… y todo ello de forma constante. No digo que no sea necesario, que lo es en realidad para afrontar retos y conseguir resultados, pero sí diré que es incompleto, porque hay una dimensión del liderazgo que rara vez se entrena y aún menos se valora: la capacidad de callar, para hacer crecer a otros. Llamémosle “silencio operativo” a la capacidad de silenciarse, de pausar, de frenarse.

Ese “silencio operativo”, ese “callar” no es desaparecer, ni desentenderse, ni adoptar una posición cómoda. Se trata de una decisión consciente que permite que el equipo piense, que el sistema se ajuste, que emerjan otras perspectivas, para poder discernir fuera de un pensamiento único.

El silencio operativo no implica “no accionar”, sino que evita “reaccionar” de forma automática, evita llenar y rellenar todos los espacios, todos los silencios con ruido.

El líder que habla demasiado, que decide sin dar tiempo a otros y que se expande corre el riesgo de sustituir el pensamiento del equipo por el suyo propio, neutralizando así al talento. Por el contrario, el que maneja el silencio y oxigena el pensamiento genera algo mucho más valioso, pero también más incómodo: la responsabilidad distribuida. Tan buen líder puede ser uno carismático y expansivo como uno más silencioso, aunque hay que reconocer que en algunas culturas organizativas ese silencio operativo puede desconcertar a los equipos por falta de costumbre.

El desarrollo del talento y su dependencia del silencio

El talento no es solo una cuestión de capacidad, es también una cuestión del contexto donde ha de accionar. Para que el talento opere necesita atención sostenida, tiempo de elaboración y espacio para el criterio, y las tres variables tienen un denominador común: el silencio.

Sin silencio…

  • la atención se debilita por hiperestimulación,
  • el tiempo se acelera y se convierte en urgencia,
  • hay confusión y el criterio pierde claridad.

Es entonces cuando empezamos a pensar que el problema está únicamente en las personas, en su falta de foco o en su dificultad para priorizar, cuando en realidad es que el problema es sistémico. Y señor@s, uno solo no puede con el sistema.

  • Queremos talento, pero diseñamos entornos que los dispersan.
  • Queremos pensamiento crítico, pero penalizamos la pausa.
  • Queremos innovación, pero no dejamos tiempo para que las ideas y los procesos maduren.

En estas contradicciones nos movemos con bastante más normalidad de la que nos gustaría reconocer.

Pero no se trata de romantizar el silencio ni de convertirlo en una especie de retiro espiritual corporativo, (¿por esa fase ya hemos pasado no?) sino de recuperarlo y reintroducirlo como un elemento estructural del desarrollo profesional en el trabajo y en la educación. Para ello, debemos asumir que no todo tiene que resolverse en la inmediatez y que eso implica diseñar espacios y tiempos donde la reflexión individual y conjunta no sea una anomalía, donde se pueda pensar de forma aislada con ausencia de estímulos, donde pueda germinar la creatividad. Pero, sobre todo, necesita entender que el silencio no es una ausencia de valor, sino una condición para que el valor aparezca.

No quisiera que hiciéramos una enmienda a la totalidad y que ahora, a módulo de péndulo extremista, pensáramos que la iniciativa, la decisión, la agilidad, la visibilidad, la capacidad de oratoria, el networking, la colaboración y todo aquello que nos induce acción, movimiento y avance, notoriedad, y en definitiva liderar desde la primera línea, es negativo y hemos de frenarlo. Tan solo que hemos de buscar cierto equilibrio en la organización, con más frecuencia, dejar hueco para hacer toma de tierra, profundizar para luego tomar perspectiva. Como afirmaba Thomas Carlyle, filósofo, historiador y matemático , “el silencio es el elemento en el que se forman todas las cosas grandes”. ¿Y qué hay más grande que darnos el espacio de silencio, la ausencia de ruido, para desplegar todo lo que somos, todo el talento y potencial que poseemos, tanto a nivel personal como profesional? Aunque como ya sabéis, ambos son un mismo nivel.

Para finalizar, os dejo a modo de pausa musical un par de estrofas de la canción “Las Palabras” de Enrique Bunbury. La poesía suele condensar de forma muy bella ideas complejas.

Pausa musical
«Las Palabras» — Enrique Bunbury

[Pega aquí las dos estrofas de «Las Palabras» de Enrique Bunbury, manteniendo los saltos de línea entre versos.]

Consultora, formadora y divulgadora experta en transformación cultural, liderazgo y gestión de equipos. CEO de Intalentgy, coordinadora del Campus IA+Igual y del Campus ORH y acreditada en la metodología de roles de equipo de Belbin y en el CTT de Barret.

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