¿Hablamos bien cuando hablamos de discapacidad?

La comunicación genera opinión y crea realidades en nuestra mente. Una comunicación responsable sobre el papel que juegan en la sociedad las personas con discapacidad es fundamental para contribuir a que la diversidad se traduzca en inclusión; a que nuestra sociedad sea más prospera, más respetuosa y más solidaria. En definitiva, más justa. Esta responsabilidad la tenemos todos, aunque con un peso aún mayor en el caso de los que comunicamos mensajes referidos al sector social haciendo uso de los medios de comunicación, las redes sociales, la publicidad o cualquier otro canal de masas. Es vital evitar terminologías erróneas y distorsiones lingüísticas y conceptuales sobre la discapacidad que no sólo generan confusión, sino que además pueden crear una visión negativa que no se ajusta en absoluto a la realidad.

Tristemente, en nuestra sociedad todavía nos encontramos con términos despectivos y con informaciones que, generalmente de forma involuntaria, estigmatizan a las personas con discapacidad. Fórmulas de tratamiento como el paternalismo o la pena son a todas luces incorrectas e incluso perjudiciales y, sin embargo, una correcta comunicación nos puede ayudar a erradicarlas. Esto no sólo ocurre en los medios de comunicación o en las redes sociales, sino en cualquier situación cotidiana en todos los ámbitos de nuestro día a día y va en contra de la dignidad de estas personas.

Vale la pena, en este sentido, recordar las palabras del Real Patronato sobre Discapacidad del Gobierno de España (2019): “Esa persona que calificas de ‘pobrecito’ es una persona que trabaja, pierde el trabajo, busca otro, se enamora, se casa, tiene hijos, viaja, va al cine, hace la compra, juega al tenis, se organiza para defender sus derechos, vota, paga impuestos, disfruta con la música, ve series, es hincha de un equipo, opina, tiene sus filias y sus fobias. Como tú y como yo. […] Aspira a vivir la vida a fondo, a crecer profesionalmente, a romper barreras y retos y a mirar el futuro con ilusión. Sabe también que los sueños que anhela no se consiguen sin esfuerzo, pero está decidido a perseguirlos con tesón. Como tú y como yo”. Parece tan sensato y natural que no debería ser necesario tener que señalar lo que apunta esta declaración, pero el tratamiento que se profesa en muchos casos a las personas con discapacidad lo hace fundamental.

Aunque es obvio que no todas las personas tenemos las mismas capacidades, el lenguaje que utilizamos puede ser un impulso para la normalización de esa pluralidad, de esa diversidad, o bien, en caso de que hagamos un mal uso del mismo, puede suponer un bache que alimente la discriminación y la exclusión. Y no podemos permitir que esto suceda. Por este motivo, desde FUNDACIÓN JUAN XXIII nos gustaría destacar algunas claves básicas, muy sencillas, a la hora de hablar sobre discapacidad haciendo un buen uso del lenguaje y que, si todos aplicásemos, podrían marcar sin duda la diferencia, comenzando por el fomento del uso del término inclusión en lugar de integración. Mientras que la inclusión considera la presencia de todas las personas implícita dentro de una sociedad diversa (donde entran en juego la reciprocidad y la igualdad de condiciones), la integración se refiere a distintas partes (personas en este caso) componiendo un todo, sin aludir a la relación entre ellas.

Hemos de referirnos a las personas con discapacidad adecuadamente. Si existe una clave por excelencia es esta. Las personas con discapacidad son eso, personas, seres humanos con alguna discapacidad. Desterremos términos erróneos, despectivos e incluso otros que en tiempos pasados eran aceptados y ahora resultan vejatorios y que ni nombrarlos aquí parece adecuado ya. No es tampoco aconsejable la palabra discapacitado (“sin-capacidad”), muy extendida aún, pues la discapacidad es algo externo a la persona y este término, además de referir la ausencia de capacidad alguna, parece etiquetar a quien se lo atribuimos como diferente a cualquier otro ser humano simplemente por tener alguna discapacidad, cuando es, en realidad, una persona como cualquier otra. Por ello la expresión persona con discapacidad es mucho más acertada.

En este mismo sentido, cuando pongamos en relación a las personas con discapacidad con aquellas que no la tienen, no nos referiremos a éstas como personas normales, sino como personas sin discapacidad. Lo contrario lleva pareja la creencia de que una persona, por tener una capacidad mermada, no es una persona como el resto, y todo lo que esto conlleva: si no es como el resto, parece más complejo facilitar la igualdad de acceso a oportunidades y fomentar su inclusión, su papel de participación social como miembro de una sociedad diversa. Estaríamos poniendo una barrera entre quienes tienen y quienes no tienen discapacidad, justo lo contrario a lo que pretendemos.

Evitemos también las abreviaturas y acrónimos que despersonalizan (por ejemplo PCD por personas con discapacidad), así como los eufemismos del tipo personas con capacidades diferentes, distintas o especiales, pues no sólo todos tenemos capacidades diferentes, sino que además son términos que vienen a tratar de suavizar una realidad que tal vez lo que menos requiere sean ambigüedades de este tipo.

Del mismo modo, no es aconsejable el empleo del término colectivo. En ocasiones se habla del colectivo de personas con discapacidad, pero son millones de personas en el mundo las que tienen algún tipo de discapacidad y no forman parte en sí mismas de ninguna agrupación con un fin concreto, por tanto, evitémoslo para referirnos a ellas. Como hemos de evitar también la palabra dependiente en favor de la expresión personas en situación de dependencia. Del mismo modo en que no empleamos el término discapacitado, no debemos utilizar este, y sí la expresión que pone el acento en la persona.

Como decíamos más arriba, el paternalismo no es una fórmula correcta para el fomento de la inclusión, por lo que debemos evitar diminutivos y términos que infantilizan cuando hablamos de adultos, como por ejemplo chicos, muchachos, chavales u otros similares. Si son adultos, debemos referirnos a ellos como tal. Huyamos de aquellas palabras que implican una carga negativa sobre la situación de discapacidad, desterrando expresiones como que está afectado, padece discapacidad, la soporta, la sufre, se aqueja o es víctima de la discapacidad. Es más correcto el empleo de otros como presenta, manifiesta o tiene discapacidad, mucho más neutros.

Si todos dedicamos esta pequeña atención extra sobre estos detalles a la hora de expresarnos, estaremos aportando nuestro granito de arena para trabajar por un mundo más inclusivo y respetuoso. El lenguaje condiciona nuestro pensamiento inconscientemente. Por ello, es responsabilidad conjunta de todos cuidarlo para construir las bases de una sociedad más justa y equitativa y para evitar despertar también en muchas personas sensación de discriminación, porque lo que pueda parecer una banal elección entre uno u otro término, a otra persona le puede suponer un agravio, una vejación (insistimos, posiblemente de forma involuntaria por parte del emisor). Se trata sólo de poner atención a nuestras palabras. ¿Hay algo más sencillo que esto para favorecer la justicia social? Está en manos de todos.

Artículo escrito por Miguel Ángel San Juan, Responsable de Identidad Corporativa FUNDACIÓN JUAN XXIII


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