Cuidado con el telepresencialismo

En poco menos de un año el teletrabajo ha pasado de ser una situación excepcional y casi residual, reservada para unos pocos trabajadores en un grupo reducido de empresas, a una solución adoptada masivamente por el tejido laboral en España. Un tránsito brusco que ha causado menos trastornos de los esperados, y del que, sin duda, sale muy reforzada una modalidad laboral que cuenta en estos momentos con muchos menos detractores de los que tenía en marzo de 2020.

Sin embargo, el salto al teletrabajo ha sido tan repentino, hemos pasado con tan escaso margen de tiempo de cero a 100, de nada a todo, que muchos no han podido realizar ese tránsito adecuadamente. Algunas empresas y entidades, especialmente aquellas sin experiencias previas significativas en trabajo remoto, se han limitado a trasladar a los hogares de sus empleados los mismos conceptos, rutinas y operativas que venían realizando de forma presencial. Con sus errores y sus aciertos, pero sin hacer una verdadera reflexión acerca de cómo hacer una verdadera adaptación al nuevo medio.

Una de las consecuencias de este desembarco abrupto en el teletrabajo es que se han transferido a un entorno remoto algunos de los vicios en los que ya se incurría en la modalidad presencial. Por ejemplo, el presencialismo, la costumbre de muchos profesionales de no marcharse a casa hasta que lo hacen los jefes, con la única pretensión de que estos los vean en sus puestos. Esta práctica, todavía muy arraigada en el tejido empresarial español, es un vestigio de una cultura laboral que sigue asociando productividad a horas pasadas en el lugar de trabajo y no a objetivos claros y medibles.

En la cultura presencialista la labor de supervisión de los mandos se apoya fundamentalmente en ejercer un control visual del paradero de sus colaboradores. El teletrabajo no ha reducido esta necesidad de tener en el radar a los empleados. Al contrario, la imposibilidad de ejercer esa comprobación in situ de quién está y quién deja de estar delante de su ordenador ha llenado de inquietud a muchos jefes de la vieja escuela.

Como respuesta, desde el lado de los teletrabajadores surge un nuevo fenómeno hasta ahora desconocido: el telepresencialismo. ¿En qué consiste? Teletrabajadores que se aseguran de dejar a sus jefes señales visibles de que se encuentran permanentemente online, aunque esto no implique que estén trabajando. El telepresencialismo es una tendencia que atenta contra el espíritu flexible que siempre ha caracterizado al teletrabajo, un sinsentido que solo sirve para cuestionar la eficacia de esta modalidad laboral. No solo es una manera ineficaz de medir la productividad del equipo, sino que puede colisionar con el derecho a la desconexión que ya reconocen las leyes españolas.

En el otro extremo del presencialismo, otro problema es justo el inverso, un exceso de horas de teletrabajo durante el confinamiento. Y es que muchas personas, en unos casos por la incertidumbre acerca de su futuro, en otros por pura inercia, han trabajado en exceso en este este periodo. Ambas concepciones del teletrabajo son equivocadas y perjudiciales a medio y largo plazo, y es necesario combatirlas.

Sistemas de medición como antídoto

Llevo muchos años luchando contra el presencialismo, ya sea en modalidad física o remota. Y no me cabe duda de que sistemas de medición del desempeño como el que hemos desarrollado en Effiwork son el mejor instrumento para hacerlo. Estas herramientas ofrecen indicadores sobre desempeño a las empresas que les permiten objetivar el rendimiento de sus empleados. Indicadores que, cruzados con otros kpi’s, permiten identificar oportunidades de mejora.

A raíz del primer confinamiento, muchas compañías incorporaron sistemas de medición del desempeño a sus operativas. El problema es que algunas lo hicieron más para controlar a sus trabajadores que para imprimir un verdadero cambio cultural a su organización. Esa es la verdadera clave. Los sistemas de medición no deben servir para medir horas de trabajo, sino eficiencia y resultados. Deben guiar al empleado y ayudarle a cumplir su objetivos.

Durante este tiempo de pandemia, empresas y trabajadores han tenido la oportunidad de conocer de cerca las muchas ventajas que presenta el teletrabajo. Y muchas ya han manifestado su intención de no volver a la presencialidad completa una vez que la enfermedad esté superada. En mayor o menor medida, el teletrabajo se va a quedar entre nosotros. Fenómenos como el telepresencialismo, no obstante, podrían volver a cargar de razones a los escépticos y echar por tierra todos esos progresos.

Un sistema de teletrabajo eficaz solo es posible sobre las bases de una confianza mutua entre empresa, personificada en la figura de los mandos, y sus colaboradores. Una confianza no ciega, sino apoyada en un sistema de trabajo por objetivos claro y aceptado por todas las partes. El objetivo final es imprimir un cambio hacia una cultura basada en la responsabilidad personal y en el estilo de liderazgo; una cultura en la que ni los jefes necesiten saber en todo momento quién está conectado, ni los trabajadores simular que lo están.

Artículo escrito por Joan Pons, CEO de WorkMeter.


Observatorio de Recursos Humanos

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