¿Aún hay quien cree en la excelencia?

Maite Sáenz14 diciembre 20217min

 

«La excelencia de la Universidad es la excelencia de sus alumnos”. Decir algo así en el mundo de hoy resulta casi incendiario, porque si hay algo que se está enterrando bajo paladas y paladas de oportunismo político es el mérito, el esfuerzo y, con ambos, la excelencia. La EDUCACIÓN, con mayúsculas, no merece ningún like porque “discrimina” por el mero hecho de ser exigente con las capacidades. Cuando todo se ve bajo el prisma de los derechos y no de las responsabilidades se desvanece cualquier atisbo de superación y, por lo tanto, de progreso, porque una vez que desaparece la necesidad (por ejemplo, de tener un techo donde vivir, un trabajo que te dé de comer, etc.) lo hacen también los recursos para satisfacerla (el comúnmente conocido como “buscarse la vida”; total, te la subvencionan…). Las oportunidades existen para todos, que nadie piense que está gafado de por vida; lo que sucede es que se materializan cuando se merecen y no siempre de la forma en la que se esperan. La frase con la que iniciaba este breve comentario no es mía sino de Isabel Gutiérrez, Vicerrectora de Postgrado y Campus Madrid-Puerta de Toledo de la Universidad Carlos III, que abrió con ella el acto de entrega de los Premios Extraordinarios de Postgrado 2020-21.

 

Con el estudio nunca vas a sentirte defraudado porque lo que aprendes -y lo que desaprendes- siempre permanecerá contigo.

 

Un grupo de jóvenes fue subiendo al estrado a recoger sus reconocimientos y, mientras lo hacían, no sé porqué me vino a la mente un comentario que me hizo un buen amigo hace poco cuando le expliqué que había tenido un fin de semana de boda. “Qué bien, aún hay quien cree en el amor”, me dijo, no sé si con cierto aire melancólico, de sarcasmo o, quién sabe, de esperanza. Amar hoy es tan complicado como querer ser bueno en algo. Amar es renunciar a ocupar el 100 por cien de nuestro espacio personal para compartirlo jugándonos la felicidad al todo o a la nada, y estudiar para ser el mejor también lleva implícita una renuncia que, sin embargo, se disfruta por el simple gusto de aprender sin tener el aprobado asegurado. Y tanto en el uno como en el otro la recompensa suele ser diferida: en el caso del amor, porque el verdadero se revela con el tiempo y superando obstáculos, y en el caso del segundo, porque los frutos llegan tras mucho esfuerzo, paciencia y tesón. Lo que les diferencia es que mientras que en el primero puede que la recompensa nunca llegue o se diluya, con el estudio nunca vas a sentirte defraudado porque lo que aprendes -y lo que desaprendes- siempre permanecerá contigo.

Siguiendo con la mirada a cada uno de los chavales que tan orgullosos se dejaban aplaudir mientras exhibían sus diplomas, transformé el comentario de mi amigo en un “aún hay quien cree en el valor del esfuerzo”. Y de ellos se habla poco. O se hace en términos de Gen Y o Z con muchas ínfulas y poca cultura de esfuerzo. Cuatro o cinco años de grado, más un TFG, más uno o dos años de postgrado, más un TFM, no me parece a mí que revele poco compromiso. Y si a ello le añadimos que su desempeño académico es merecedor de becas de excelencia y reconocimientos por cirruculums ejemplares, algo no me cuadra. El esfuerzo no es lo mismo que el compromiso y en muchas empresas ambos se confunden.

¿Qué motivó a esos chicos y chicas a estudiar para ser los mejores? Simplemente el sueño de entregarse a algo que les permitiera comerse el mundo (por cierto, nada que no hayamos querido hacer nosotros en nuestros tiempos mozos y que incluso algunos queramos seguir haciendo como buenos soñadores que somos). Ese ha sido su propósito durante 5, 6 o 7 años, y no sólo de ellos, sino el de todos los que logran superar estudios del tipo que sean cuando todo les invita a entregarse al cuento. ¿Qué encuesta de clima refleja un compromiso así?

Sencillamente su compromiso es diferente porque es más exigente con las promesas. Los boomers hemos tragado mucho, reconozcámoslo. El compromiso lleva implícito el esfuerzo si éste merece la pena. Y ese merece la pena tiene mucho de subjetivo, pero más aún de objetivo. Las promesas que recibirán estos chavales cuando se incorporen a sus empresas serán la prueba de fuego para que activen su propósito, para que traduzcan éste en compromiso y para que, a su vez, inviertan su compromiso en acelerar la potente maquinaria del esfuerzo. Las promesas a largo plazo ni las ven, ni las aprecian. Y eso no es ni bueno ni malo, es diferente a lo que durante muchos años ha sido nuestra normalidad. Quizá lo que no quieran vivir sean las falsas promesas que atraparon a sus padres en trabajos frenéticos durante años, ni sentirse parte de una pantomima de mejor lugar para trabajar cuando saben que el esfuerzo de sus progenitores no les ha salvado del despido o la prejubilación.

Dejemos de ver el mundo sólo con nuestras gafas; pongámonos las suyas y prestémosles las nuestras. Sólo así nos entenderemos mutuamente, comprenderemos la lógica de su compromiso y sabremos cuál es la espita de su esfuerzo.

Por cierto, ¿no os he dicho que una de esas jóvenes diploma en mano es mi hija? Ingeniera biomédica, máster en Big Data e IA y experta en… divertirse con sus amigos. Tiene tiempo para todo. Ya trabaja. Y su corazón late acompañado. Va a ser que sí hay espacio para el esfuerzo… y para el amor.

No os voy a hacer spoiler, pero sí a avanzar que dejo para otro comentario la historia de mi hijo, que también me ha dado unas cuantas lecciones de la realidad de la gestión del talento. Mirar con sus gafas me ha hecho verla con otra lucidez.


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