Si los gestos importan, los que emanan de nuestros próceres laborales provocan entre rubor del malo y enfado del bueno. Se van al cine para no estar, no votar y, de paso, rebotar a la peña; se encierran en una iglesia para protestar como si la vigilia por sí sola fuera garantía de bendición papal a la reivindicación ¿obrera?; se enrabietan y con diligencia ideológico-estratégica sacan el siguiente recurso de la pataleta para demostrar que la derrota no manda… La chistera está repleta de conejos que se diluyen como liebres en el horizonte inmediato no sin antes dejar calcinada, aún más, nuestra confianza. El ejemplo cunde, ¿y quién lo sufre?
Hay que estar al frente de una empresa en este país aquí y ahora para darse cuenta del daño que hacen los gestos así. Estamos asistiendo en doloroso directo a un Juego de Tronos cutre donde el liderazgo ejemplificante cala y jalea a la tribu causando estragos entre el vulgo vulgar:
- Si quien manda puede cambiar de opinión para adaptarse a las circunstancias, ¿por qué no el resto también? Primera consecuencia: “Yo hago lo que me interesa”. El criterio y el sentido común están desapareciendo de la toma de decisiones y con él el respeto también.
- Si quien manda puede decidir no estar porque la realidad del momento le incomoda, ¿por qué no el resto también? Segunda consecuencia: “Yo hago lo que me interesa y los demás… que apenquen”. La responsabilidad se está dando a la fuga y con ella el respeto también.
- Si quien manda puede hacer de todo un argumento a su favor, cual trilero de pacotilla experto en posados trasnochados, ¿por qué no el resto también? “Yo hago lo que me interesa porque lo digo yo, que sé lo que a ti te interesa”. Tercera consecuencia: las razones no se razonan y las opiniones en beneficio exclusivo propio matan y entierran al respeto del libre albedrío, con losa y epitafio incluidos.
Adivinad cuál es la clave. ¡Exacto, el respeto! Ahora repasad vuestros últimos conflictos con el equipo de trabajo o incluso con los amigos o la familia y analizadlos desde su perspectiva.
Ciñéndonos al ámbito profesional, la casuística del “yo hago lo que me interesa, porque yo quiero y porque sé que es lo que también te interesa a ti” está a la orden del día. Y para muestra os pongo en situación: 11.00 de la mañana. Aún no se ha conectado. Llamada de teléfono. Voz de sueño.
– “Me acabo de levantar”.
– “¿Pero has visto qué hora es?”.
– “Es que prefiero trabajar de noche”.
– “Ya, pero tu flujo de trabajo con los clientes y los compañeros es diurno, no nocturno. Sabes que disfrutamos de flexibilidad amplia pero ordenada”.
– “Entonces me voy, no me interesa seguir”.
– “Es tu decisión. Dame la carta de renuncia”.
– “No, despídeme y así cobro el paro”.
El resto… es historia que seguro que adivináis cómo acaba. El ínclito consiguió lo que quería y el empleador pagó la salida con la impotencia de tener que tragar con impuesto revolucionario porque, aunque la relación coste-beneficio de librarse de alguien así no tenía discusión (y de paso también del riesgo del rebote de “y si se coge una baja” o “si me acusa de acoso”), a pesar de todo le quedó esa sensación de haber tomado una decisión impuesta, con un criterio injusto y, encima, «agradecida» después con un posteo de revancha en LinkedIn: “El empleador que no respeta las veleidades (uy, quería decir necesidades) de sus empleados no es un buen empleador”.
La ejemplaridad del líder no aplica sólo al ámbito empresarial. El mandato de las urnas también lo lleva implícito y exige de una enorme integridad para ejercerlo con responsabilidad. Ambas son cualidades personales, de esas que salen de dentro, que no se pueden impostar y que escriben la letra grande y pequeña de lo que quedará de nosotros para la posteridad.