Formación, la ecuación en la que ganamos todos

Marcelo Méndez Rocha, Operations and Logistics Manager en Pro3Implant.

 

Hace muchos años, en una entrevista, el gerente general de una empresa multinacional en Uruguay dijo:  “El mayor patrimonio de la empresa es su gente”.  Indudablemente fue una expresión que notablemente quería resaltar el “valor” significativo que las personas le daban y aportaban al proceso dentro de la empresa.  Dicho así, el grado de utilidad de las personas era inmenso, inmedible; pero en mi lógica, un tanto más rebuscada, comprendía que se estaba “cosificando” a las personas con una expresión que hacía referencia, únicamente, al grado de utilidad que ellas podían otorgar a la empresa.

Lo que se hace, en el proceso y la cadena productiva, también tiene una vinculación íntima o única, con el factor humano.

 

De hecho, el patrimonio, por definición, es el conjunto de bienes, derechos y obligaciones que tiene una persona o empresa.  Aquella frase, quizás, no fue tan bien elaborada dado que el significado real era, en definitiva, que las personas eran un bien, un derecho o una obligación de aquella empresa internacional.  Pero más allá de una mera interpretación o el orden y relación de las palabras dadas en aquella entrevista, cabía una interrogante: ¿Cuál es la verdadera importancia de una persona dentro de la empresa o en la cadena de procesos?  Notablemente, muchas empresas resaltan y destacan de las personas la actitud positiva, la honestidad, las relaciones interpersonales, el trabajo en equipo, liderazgo, creatividad, adaptación y una lista larga de características naturales del individuo.

Las habilidades blandas, como se le conocen o denominan hoy en día, son factores de mucha importancia para ocupar las vacantes laborales y que destacan los atributos personales del postulante.  No obstante, para aquello estrictamente personal e individual, las habilidades blandas son algo sobresaliente, pero detenernos únicamente en esto puede llegar a ser un “sesgo de selección” al momento de visualizar el verdadero valor agregado de las personas dentro de la cadena productiva.  Casi como algo obvio, como el principio de que nada procede de la nada (“ex nihilo nihil fit”), la idea de que “algo” no puede venir de la nada según las variables de Parménides o Meliso de Samos hace que la formación y la capacitación de las personas se vuelve una necesidad en sí misma.  Lo que se hace, en el proceso y la cadena productiva, también tiene una vinculación íntima o única, con el factor humano.

No se nos puede escapar que la formación y la capacitación de las personas debería ser un “el ser y el debe ser” innegociable:

  • Desde mi punto de vista, una persona que no sabe, una persona que ignora, una persona que no conoce y que no se forma, pierde.
  • Desde el punto de vista de las organizaciones, que las personas no se formen también se traduce en pérdidas.
  • Desde el punto de vista patrimonial, ¿cuál es el verdadero valor del conocimiento de una persona?
  • Para una organización, ¿el conocimiento de una persona es importante dentro de la cadena de procesos productivos?
  • Desde otro punto de vista, ¿una persona valora su conocimiento aplicado en el proceso productivo?
  • Y desde el punto de vista de las personas y organizaciones, ¿la formación y capacitación de las personas es una inversión, un costo o una pérdida?

Hagamos una analogía. Noruega incluye la leche materna en su PBI.  ¿Qué valor tiene un litro de leche materna?  El cálculo se realiza a la inversa, viendo lo que ahorra Noruega en sus cuentas públicas.  Que las madres noruegas no amamanten a sus hijos significa un costo en el sistema de salud de 100 millones de dólares al año. Desde otro plano, ¿cuál es el valor que una organización le otorga a la formación y capacitación de las personas?  ¿El cálculo se hace desde lo positivo (cuánto gana) o desde lo negativo (cuánto ahorra) en el proceso productivo?  Sea como sea, la no capacitación y la no formación de las personas tiene un impacto directo en los resultados de una organización, de una empresa, de un Estado. ¿En la ganancia neta de una empresa qué porcentaje (real) está ligado al conocimiento de las personas?

¿Cuál es el valor que una organización le otorga a la formación y capacitación de las personas?  ¿El cálculo se hace desde lo positivo (cuánto gana) o desde lo negativo (cuánto ahorra) en el proceso productivo?

 

A lo largo de la historia de la humanidad, cuando algo sale mal, el factor humano es el primer indicador.  Aunque quebrando una lanza por el factor humano, ¿el riesgo asumido por no formar y capacitar a las persona es calculado?  El vocablo “axiología” en algunas oportunidades es utilizado como un equivalente a la “teoría de los valores” y la posible interpretación que hace el sujeto (persona) de la utilidad del “objeto”, y en este caso, de su formación y capacitación.  Intentar medir u otorgarle un valor al conocimiento y cualificaciones de una persona es, quizás, una falta de respeto.  La sociedad y las organizaciones sufren cambios demasiados bruscos que provocan desconexiones y nos desligamos de las esencias vitales.  Comprender que formar y capacitar a las personas, al sujeto social, al sujeto trabajador, al sujeto que participa en la cadena productiva es, indudablemente, la única ecuación en la cual ganamos todos.

 

Marcelo Méndez Rocha, Operations and Logistics Manager en Pro3Implant-Uruguay.

 

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