Los límites de la diversidad: ¿cuánta es la correcta?

Cristina Fragua5 marzo 20155min

A estas alturas no hace falta demostrar que la diversidad cognitiva es un factor importante para que los grupos actúen colectivamente de forma inteligente. James Surowiecki se encargó de explicarlo en su «Wisdom of Crowds”; así que no voy a escribir hoy sobre lo buena que es la diversidad para la Inteligencia Colectiva, sino de un aspecto menos tratado, y es si hay niveles de diversidad que bajo ciertas circunstancias pueden resultar perjudiciales.

En efecto, hace tiempo me di cuenta que la diversidad es un factor que, a un cierto grado, genera ruido y puede castigar la inteligencia grupal. He visto eso en algunos de mis proyectos, así que quería encontrar argumentos que me ayudaran a confirmarlo. Para eso voy a echar mano de un buen libro que acabo de terminar este fin de semana, y del que haré su debida reseña en otro post. Hablo de «Too big to know” («Demasiado grande para saber”), de David Weinberger.

Explica Weinberger, a partir de la experiencia vivida por Beth Noveck (una académica que trabajó algunos años con Obama en su iniciativa de Gobierno Abierto), que en entornos donde hay presión para hacer cosas, entornos de acción (y no sólo de reflexión), hay que identificar el punto en el que la diversidad se convierte en un problema, y deja de ser parte de la solución.

«Nos gusta la diversidad hasta que descubrimos realmente lo que es”, y eso es perfectamente válido en la gestión de proyectos con impacto, donde hay expectativas en torno a resultados. Así que parece ser que hay un «grado correcto de diversidad”, a partir de la cual te metes en problemas, porque los costes para forjar consensos o agregar opiniones exceden los beneficios de disponer de perspectivas diversas. En ese punto la viabilidad empieza a importar más que la diversidad.

Reducir en cierto grado la diversidad puede ser imprescindible si un grupo quiere lograr progresos en un tema dentro de los términos que lo definen como grupo. Imaginemos, por ejemplo, que un partido político lanza una iniciativa para redactar su programa electoral, en cuyo caso va a necesitar un espacio para confrontar sus ideas, pero dentro de la identidad que lo reconoce como partido. En este caso, está claro que va a necesitar tanta diversidad (y no más) como la que pueda manejar de un modo razonablemente eficiente. Esto me recuerda alguna empresa con la que he trabajado y en la que discutíamos si era conveniente incluir a ciertas personas (más díscolas) en un equipo de trabajo orientado a resultados. También algún debate que tuvimos en #Redca sobre el grado de diversidad que queríamos aceptar dentro para que nuestras reuniones fueran fluidas.

David Weinberger describe la experiencia vivida por Beth Noveck así: «Muy poca diversidad, y terminas pensando que es una gran idea invadir Vietnam. Demasiada diversidad, y tienes a ciudadanos pidiendo certificados de nacimiento de Hawái cuando lo que intentas es formatos estandarizados para abrir datos públicos. El grado correcto de la diversidad es altamente dependiente del contexto. Si tienes que celebrar un foro sobre la legitimidad de la presidencia de Obama, deberías asegurarte de que están representadas todas las partes. Pero si estás organizando una manifestación para protestar contra la legitimidad de Obama, no querrás invitar a las reuniones de planificación, a personas que están políticamente a favor del Presidente”.

Así que la diversidad se tiene que optimizar para cada contexto y reto; y evitarse la simplificación de «mientras más diversidad, mejor”. La clave es distinguir entre situaciones en las que el objetivo es solo explorar distintas perspectivas, de aquellas en las que hay que pasar a la acción y dar resultados en un plazo concreto.

Lo que parece claro es que la Inteligencia Colectiva funciona mejor si la diversidad se combina con un cierto grado de afinidad, o lo que Tom Atlee llama «Commonalities”: 1) un propósito o fin compartido, 2) un lenguaje común que haga viable la conversación. En definitiva, el truco parece estar en conseguir sólo la diversidad suficiente que necesitas. Y «sólo la que necesitas” se mide, según Weinberger, «con cucharas más pequeñas de las que uno cree”.

Lee este artículo en el blog de Amalio Rey.


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