Resolución, coches eléctricos y el número veinte

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Voy a volver a mirar. Derecha. Izquierda. Nadie. La gran ciudad convertida en pueblo. Un silencio campero donde se escuchan sonidos de árboles al compás del viento. Noche serena. Hojarasca en movimiento. Alguna luz en las ventanas cerradas. Un barrio que dormita. Y mi teléfono móvil dentro de un coche eléctrico que acabo de aparcar. Yo espero a ver si pasa alguien con la apepé para abrirlo. La llave, dentro. Sólo se abre con el móvil. Y yo, fuera. Mirando a través del parabrisas. Con cara de pazguato. Lo que iba a ser una noche pronto en la cama se acaba convirtiendo en una réplica de misión imposible. Coche para arriba y coche para abajo para conseguir otro móvil de una persona de guardia en un hospital y perseguir a los de mantenimiento del automóvil a través de Madrid. Ha dejado de aparecer en el geoposicionador donde lo aparqué. Llamada al centro de atención al cliente. La séptima. Pues estará en esta otra dirección. Estoy en quince minutos. Operarios que no han visto nada. Espera. Aparece otro conductor. Lo ha recogido él. Son las dos de la mañana.

Las cosas pasan. No te lo esperas, y pasan. A partir de ahí, creo que hay que ponerse a resolver. Tomar decisiones. Pensar en soluciones diferentes. Mirar desde la ventana por si pasa alguien y abre el coche porque lo haya alquilado. No parar. Enviar correos electrónicos. Presentarse en el taller donde recargan los automóviles. Ir al quirófano a buscar a algún compañero que despierte a Mónica. Pedir ayuda. Necesitas otro móvil. Seguir aunque hayas dormido poco y estés muerto. Insistir en que el teléfono estaba en el salpicadero del coche número veinte. Y con espíritu positivo. Como me dijo Miguel, así has estado despierto un montón de horas el día de tu cumpleaños. Y tan ricamente.

Feliz fin de semana a todas, todos.

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